jueves, 25 de abril de 2013

Presentación de “CAMPO DE FUERZA”, poemas de Carmen Camacho




Sólo daré dos apuntes biográficos de Carmen Camacho porque los considero relevantes: nació en la tierra más adentro de Andalucía, un pueblo de Jaén, y lo hizo el año en que este país perdió su oportunidad de romper consigo mismo porque le impusieron reformarse sin propósito de enmienda. De su lugar de origen, ha traído hasta aquí sus pies en la tierra, el no permitirse más expectativas que las que la realidad se gane; de su tiempo, ha traído hasta aquí un calado disgusto por lo que de ajeno a nosotros tiene esta misma realidad. De ambos, espacio y tiempo, una hermosa dureza que sirve lo mismo para ajustar cuentas que para perderlas, o siendo más exactos perderse rotundamente, desorientarse en la nada. De cómo se puede forjar un anillo, es decir un icono popular del compromiso y de lo mágico, no desde su consistencia compacta sino desde su centro vacío, desde su nada, trata este Campo de fuerza. Porque lo mágico, como fuera de lo ordinario, es lo que, al cabo, nos explica la realidad en sus limitaciones. No sé cuántas veces se habrá perdido Carmen en lo que le atraía de lo inexplicable, de lo sibilino, de lo incoherente, incluso de lo injusto, pero sospecho que, llegados al momento de escribir y sobre todo de ordenar estos poemas, debió pensar que tanto alejamiento y tanta atracción al mismo tiempo no podían ser casualidad, que debían seguir alguna ley que, en lo razonable, los explicara.

Cuando se habla de ley lo primero que se nos ocurre es todo ese cuerpo de normas que rigen el Derecho, pero Carmen es tan emocional que en seguida habría descartado una organización de sentimientos basada en prohibiciones y castigos. Tampoco le servía la hermenéutica por poco aireada, por lo que tiene de filosofía de casa cerrada que huele a humedad, ella que defiende aquí esa otra Casa que, al tocar la pared en el juego infantil, se convertía en el refugio donde quedabas a salvo. Algunos preceptos religiosos, la ley de los dioses, sí que los ha tomado para este poemario, siquiera para defender su desobediencia. Y así debió llegar a las leyes de las Ciencias, que tan exactas se quieren presentar para sosiego nuestro.

Sea por el poco espacio que ocupan los objetos y los cuerpos, la Física se encarga de explicarnos el vacío, lo verdaderamente inmenso. Estamos huecos por dentro y nada hay entre nosotros y quienes ocupan un momento nuestra cercanía. Y, sin embargo, no flotamos, ni nos deshacemos en átomos, ni dejamos nunca de querer abrazarnos con alguien. Hay fuerzas que unen todos los pedazos de ese agujero enorme que somos para que no nos rompa la soledad, el hastío, el pavor al amo, la falta de compasión con nosotros mismos. Existe la gravedad que nos fija a la tierra, el peso de los objetos que sobreviven a las mudanzas. Ocurre el magnetismo que une o repele a quienes no se tocan. Y el espacio donde actúan todas esas fuerzas son campos, capaces también de regarse y de crecer, o de ajarse si el tiempo de secano se prolonga.

Campo de fuerzas comienza mostrando el terreno donde esas corrientes actúan. En portada, el cuerpo de ese anillo que vamos a concebir desde dentro, expuesto en su porosidad, embellecida la mano que serviría para acercarlo a los demás con la henna de un tatuaje de flores, que se quiere temporal, fugaz, en permanente reconstrucción, porque lo contrario es el plástico en los jarrones. Ese cuerpo se ilustra, en una broma que es también simbólica, con un electrocardiograma que es el logro más cercano a una imagen de las emociones. Ya se anuncian ahí las intenciones del libro y también la ironía de que no deberíamos creernos todo lo que veamos, en una idea de esas ilusiones ópticas que juegan con nosotros, que repetirá de forma expresa en La Copa de Rubín y, de manera más subterránea en muchos otros. Cuando te haces un electro el mismo nerviosismo de la prueba lo enmascara. Es ese principio físico de la incertidumbre, tan poético, de que cualquier observador externo, cualquier método de medida acaba siempre perturbando lo que estamos midiendo. De modo que de los tres desnudos con los que empieza este Campo de fuerzas el más revelador es el último, cuando se muestra rugosa, porosa, quebradiza. Todo lo que sigue son las cuatro partes de ese ya citado trabajo de alquimista que busca el anillo capaz de contener esa energía que compacta y que, a la vez, nos abre a los demás. Por ese anillo, en distintos momentos del libro, se cuela un mirlo. En una entrevista, Carmen dijo que este libro es una implosión, la onda expansiva se mueve hacia dentro, comprime, acerca los átomos, nos junta.

Por partes, en Toma de Tierra nos ponemos en situación pero también nos protegemos de las descargas. Si en anteriores libros, el decorado externo donde ocurren las cosas y el escenario íntimo donde se padecen podía llegar a confundirse, aquí Carmen va un paso más allá y muestra cómo, a veces, ambos llegan a estropearse el momento. O, como en esas sentencias populares que tanto le gustan, desentonan tanto que hacen que la procesión vaya por dentro. Como dice su cita del Segundo Principio de la Termodinámica, en un proceso cíclico nada vuelve a ser lo que era antes. La toma de tierra, que en las instalaciones eléctricas evita el paso de la corriente al usuario por un fallo del aislamiento, es la ironía con la que presenta la excesiva entereza que se exige a sí misma, las pesadas armaduras, la exigencia de seguir siempre de pie aunque todos nos merezcamos un poco de flaqueza. Cuando uno se ríe de uno mismo lo hace de lo que no le gusta pero sabe que le costaría cambiarlo. Esa parte termina con un pájaro que anuncia un presagio.

El Polo opuesto describe formas de depredación mutua, como se atraen las partes con cargas distintas de un imán. Esa atracción o ese rechazo dependen, otra vez, de la disposición de los átomos, de la colocación de esa parte ínfima de nosotros que no es el vacío. Son poemas ásperos, agrestes, desatentos, tan de verdad que se atragantan. Se puede devorar a un amante o a un enemigo con la misma inclemencia. Se le puede torturar con la más sedosa brutalidad. Sólo vista la escena desde muy cerca adquiere un sentido la dirección de esas fuerzas. No siempre la fecha dentro del anillo significa felicidad.

Zona de sombra es, en óptica, la región de oscuridad donde la luz es obstaculizada. Una sombra ocupa todo el espacio de detrás de un objeto opaco. Puedes esconderte de la luz detrás de ese objeto que, en este Campo de fuerza tiene la forma de la casa, a la que también llama jaula pero no hogar, a la que llama espejo. Como quedarse, a ratos o por tiempos más largos, más necesitados, dentro de una jaula de Faraday por la que resbalan los rayos sin herir a quien allí se cobija. Y de vez en cuando salir, succionar el veneno y regresar al manzano. Hacer limpieza, desechar momentos. Cuanto mayor sea el ángulo entre la luz y el objeto más corta será su sombra, menor el amparo que produce.

Y, finalmente, esa Armónica entropía que plantea el desorden como un arranque, como un estreno. Dirá: “Que no tenga que ver con el pasado mi regreso”. En su sentido más elemental la entropía anuncia que el caos siempre aumenta. Pero ese desorden rompe los equilibrios, hace que las reacciones se produzcan en una dirección y salgan al fin de sus atascos. La entropía ya era el nombre griego de la transformación. Pero en física tiene un significado aún más hermoso: es la energía que no puede utilizarse para producir trabajo alguno. Es la que empleamos para evolucionar. Quizás sea esa la fuerza que más nos une.

Manuel J. Ruiz Torres

lunes, 22 de abril de 2013

EFECTOS RETARDADOS DE LA HIPNÓSIS



Para reinterpretar en concierto Hipnosis, su primer disco como Lagartija Nick, rescatado el pasado año, el grupo granadino estuvo en la Universidad de Cádiz el pasado jueves, 18 de abril. Un día antes, para explicar –en lo posible- ese viaje retrospectivo, dos de sus más destacados componentes mantuvieron un encuentro, tan relajado como estimulante, con quienes se habían inscrito en esta segunda sesión del nuevo ciclo, Tutores del Rock. Ambos, Antonio Arias y Eric Jiménez formaban parte de la banda original que se estrenó, en 1991, con este disco que, según algunos críticos, bebía de las fuentes del rock sucio, directo y enérgico de los ochenta que, en la siguiente década, daría vida a toda esa amalgama de opciones del rock alternativo, ya fuera de los gustos prefabricados de lo comercial y declarados herederos del amplio espíritu ideológico del punk. Lo que entonces supuso la novedosa irrupción de las discográficas independientes como opción distinta a la de las grandes compañías terminaría, con el éxito, formando parte de un mismo engranaje. Cierta decepción por esta nueva homogeinización del actual panorama musical apareció en distintos momentos del encuentro. “Cuando las compañías indies se quieren convertir en multinacionales, poca novedad aportan”. O el más rotundo: “Las indies graban mucha mierda”, ejemplificado en algún caso en la gran pantalla de la sala que, a modo de ilustración, acompañó algunas de estas rotundas afirmaciones con la proyección de videos musicales.


Que ahora, veintidós años más tarde, retomen Hipnósis quizás se deba a querer darse esa necesaria distancia de intenciones con lo que ahora se cuece, aún estando ambos inmersos en grupos importantes de esta actualidad; quizás por lo que de cierto tiene la ingeniosa ocurrencia lanzada por Eric de que preparaba canciones para ser oídas treinta años más tarde. Con esa cadencia, dijo, el reconocimiento de las de ahora le llegará en el geriátrico. Es lo que llamó efectos retardados de su música. Cuando ahora Omega es un disco de culto, tan despreciado en su momento, parece motivada esta revisión de ese primer disco, ignorado también en su aparición. Entonces, Eric dejó la batería de KGB y Antonio el bajo de su enorme grupo maldito de los ochenta, 091, para hacer algo más duro. Lo contaba en Ruta 66, el mismo año de lanzamiento de Hipnósis: “Era una estupidez que Lagartija Nick sonara más blando y decidimos endurecerlo no por una postura de pose, sino porque era lo que más nos estimulaba”. El disco, en vinilo, mal producido, sonaba muy potente. En sus letras hay más cabreo que escepticismo, más confrontación que evasión y escape. La música no es menos dura que sus letras de masas hipnotizadas por la televisión, por los incipientes paraísos artificiales de los videojuegos, por la resignación. Como diría también Eric, que en diversos momentos del encuentro mostró su contrariedad por toda la corrección política que está desactivando el rock actual: “El rock es violencia”. No es una nana para dormir a nadie.

Eric Jiménez

Antonio Arias quiso empezar por situar su disco en el contexto de lo que entonces se editaba. Lo ilustró en pantalla con el “Efervescente”, canción de 1992 de Los Bichos, el mítico grupo navarro de Josetxo Ezponda, fallecido sólo un día antes. En otro momento, rescató otra canción “Voces en la jungla”, de 1983, del grupo Los Monaguillosh, un pop oscuro con toques sicodélicos, como los que también aparecen en el propio Hipnósis: “voces en la jungla, con ecos que no acaban / voces sin garganta, siniestramente aisladas”.

Cuando tocó hablar de “Omega”, el impresionante trabajo de Enrique Morente y los Lagartija, se describió lo que aquella experiencia –y luego el disco, y todo lo que aún sigue produciendo-, supuso de choque entre dos mundos que se desconocían mutuamente: el flamenco puro de Morente y el rock que entonces hacían. Nunca fue un proyecto de fusión sino de infusión, utilizando una inteligente metáfora. Música de fusión del flamenco con el rock ya la hacían estupendamente, dirían ambos, grupos como Ketama o Pata Negra. Se trataba de pararse a escuchar lo que el otro hacía, poner una cosa al lado de la otra. Como las infusiones, ese contacto necesitó tiempo para ir convirtiéndose en algo tan relevante. Antonio contó que existe mucho material aún inédito de ese “Omega”, que saldrá, o no saldrá, cuando lo decida la familia. Y contó su propia sensación: “cuando murió Morente estalló un planeta. Era el final de un sueño”.

Antonio Arias

Lo importante, diría Antonio Arias en otro momento, es la trascendencia. Lo que permanece en el pasado, el presente y el futuro. Y citó la importante presencia en Granada, en los ochenta, de Joe Strummers, líder de los mismísimos The Clash, o los antecedentes de grandes músicos de la ciudad, como Los Ángeles, ese cuarteto guitarrero polivalente que arrasó en los sesenta y primera mitad de los setenta, o el del propio Miguel Ríos. No se mostró tan conciliador Eric en estos reconocimientos. Ahora el panorama de la música granadina es muy brillante. Con mucha militancia compartida en distintos grupos que funcionan como promiscuos vasos comunicantes: Los Planetas, Evangelistas,  Eskorzo, Niños Mutantes, Grupo de Expertos Solynieve, o los más jóvenes Lory Meyers o Napoleón Solo. Sobre esta intercomunicación ambos músicos presentaron dos posturas encontradas. Mientras Antonio defendió ese espacio común basado en un mismo compromiso por la música, Eric se quejó de la hipocresía de “buen rollito” entre bandas, defendiendo la competitividad, la pelea dura por espacios propios.

Han cambiado mucho las cosas desde aquellos primeros noventa. Ahora los grupos, diría Antonio, vienen mejor preparados pero, como está ocurriendo en toda la sociedad, está desapareciendo la clase media. Hay una enorme diferencia de medios entre unos grupos y otros: los hay muy grandes, que se llevan con muchísima promoción, mientras todos los demás se mueven en la pura autogestión. Las compañías no arriesgan en nuevos temas de grupos históricos, prefieren las reediciones, tirar del fondo de catálogo. También Internet ha atomizado los públicos, al acotar y personalizar tanto las preferencias. Las enormes posibilidades de difusión han acortado la vida de las canciones. “Ahora se queman en tres meses, cuando antes podían durar dos años”, contó Antonio.  Quizás por esa misma voluntad de trascendencia temporal ahora los efectos de su Hipnósis llegan a su mejor momento.

Manuel J. Ruiz Torres 

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA ALCALDESA SÓLO SE REUNIRÁ CON LAS CHIRIGOTAS ILEGALES SI ANTES LE DAN LA RAZÓN



Como para la alcaldesa de Cádiz no es cierto que se haya atacado la libertad de expresión ni los derechos cívicos en la represión del Carnaval Chiquito, sólo se reunirá con las agrupaciones que de eso la acusan si, previamente, se retractan. Es decir, le dan la razón. Eso nos lleva al absurdo de que sólo está dispuesta a debatir sobre su propio sentido de la verdad con quienes lo compartan. Quítenles a deliberar todos sus significados (meditar, pensar, analizar, reflexionar) y sólo queda espacio para los juegos florales de la adulación. Única actitud que, con este planteamiento, parece admitir la alcaldesa. Libertad de expresión pero sin libertad de opinión. Leído el comunicado de capitulaciones que Teófila ofrece a las chirigotas para que se rindan, parece claro que la alcaldesa tiene un sentido, digamos que muy podado de lo que es la libertad de expresión. Según documento tan poco sospechoso como la Declaración Universal de Derechos Humanos, ese derecho incluye no sólo el poder revelar lo que se piensa sino el de “no ser molestado a causa de sus opiniones”. En los “incidentes”, que es como la versión policial y municipal llama a la carga contra las últimas agrupaciones que cantaban ese Carnaval Chiquito, se procedió a hacer dos detenciones, y a identificar y multar a quienes se atrevieron a opinar que tenían derecho a estar a esa hora en la calle. También a quienes, cantando, opinaban que el Carnaval siempre ha consumado su ciclo de forma natural, pacífica.

En el mismo comunicado de la alcaldesa se acusa a una gaditana presentadora de televisión muy popular de dañar “la imagen de la ciudad”, sólo por tener una opinión muy distinta de cómo ocurrieron los hechos. Hay libertad para expresarse pero apechuga con que te injurie por tus opiniones. O tanto como entender que, cuando nuestra actual Constitución limita esa libertad de expresión por, entre otros, el derecho a la propia imagen, la de todo Cádiz tiene el mismísimo tamaño que la de su alcaldesa, a quien no se nos permite reprochar su evidente torpeza en manejar todo este asunto. Se alude a la profesionalidad de la policía local. Pero lo cierto es que poco proporcionado parece que –siguiendo el lenguaje oficial- un simple “incidente” por ruidos acabara en una carga policial, dos detenidos -creo que injustamente- pendientes de juicio y la extendida convicción en la ciudad de que este Ayuntamiento quiere domesticar el Carnaval. Más no han podido equivocarse.

La libertad de expresión no es sólo que se deje cantar lo que se quiera sino que se haga con la tranquilidad de no recibir represalias. Cuando se montó un dispositivo de la policía local para “revisar” el contenido de las pancartas introducidas por un grupo que concursaba en el Falla, era un acto de coacción a esa libertad de expresión. Cuando el Ayuntamiento montó un dispositivo policial preparado para clausurar el Carnaval Chiquito a una hora determinada, estaba fijando un límite temporal a esa libertad de expresión, rebajada así a libertad condicional. Lo excepcional del Carnaval es su carácter libérrimo, popular, espontáneo. Todo lo que haga el Ayuntamiento para acotarlo y querer someterlo a reglamento, como si de una actividad molesta se tratara y no de parte fundamental de nuestra identidad, es una pérdida terrible de libertades. Un retroceso a cuando aún se discutía qué era eso de la libertad. Creíamos que no íbamos a repetirlo.

Manuel J. Ruiz Torres

viernes, 8 de marzo de 2013

VALORES FEMINISTAS TAMBIÉN PARA LOS HOMBRES



Desde hace muchos años conmemoro el 8 de marzo por lo que el feminismo me ha mejorado como persona, pero también como hombre. Naturalmente, el resto del año me guío por lo que este día conmemora. Sé que una parte de esa conmemoración es poder explicarlo, a pesar de que la cultura patriarcal (ejercida por hombres pero también, por desgracia, mantenida por demasiadas mujeres) maneja poderosos instrumentos para falsear cualquier razonamiento que la cuestione. De hecho, como no resistiría un debate con argumentos para justificar su defensa de la desigualdad entre mujeres y hombres, recurre al viejo monopolio de lo emocional, puesto a su servicio desde siempre por las religiones patriarcales, que acuñaron el sentimiento de culpa, para lo que necesitaron inventarse antes el interesado concepto de pecado. Una actualización de ese sentimiento está consiguiendo que numerosas mujeres, independientes y brillantes en sus trabajos, consideren necesario presentarse como “no feministas”, siguiendo la falacia manipuladora de que ser feminista es estar “contra” los hombres, que en su expresión más analfabeta equipara feminismo con machismo. Que es tanto como poner en la misma dignidad moral al verdugo que corta una cabeza con quien no quiere que se la corten.

Quienes se dejan calar por ese mensaje manipulador que contrapone feminismo con igualdad, como si de dos actitudes contrarias se tratasen, por supuesto están de acuerdo con que las mujeres voten, puedan abrirse una cuenta corriente, viajen al extranjero con un pasaporte propio y sin necesitar permiso del marido, o que éste vaya a la cárcel si la mata y no al exilio a otro pueblo, situaciones que por aberrantes que ahora nos parezcan eran la Ley en España hace menos de cincuenta años. Eso que hoy todo el país comparte como incuestionable lo consiguió el feminismo. Siempre con la oposición del poder patriarcal establecido. Siempre. Las ahora consideradas simpáticas sufragistas, las ahora asumidas como razonables pioneras diputadas de la República fueron, en su momento, insultadas como ahora, señaladas como enemigas de los hombres, como si oponerse a los abusos y a la prepotencia institucionalizada por el poder patriarcal fuera un asunto de simple rencor personal o de negación de la naturaleza. Y como si, para quienes aún defienden el mantenimiento maquillado de la desigualdad real, macho y masculino fuera lo mismo. Comparación que, como hombre, me asquea.

Sé que lo conseguido está muy lejos de ser lo justo, porque hablar de suficiente en cualquier objetivo de igualdad me parece mezquino. Entre lo no conseguido está que los hombres asumamos mayoritariamente el feminismo como una ideología que también nos mejora a nosotros. Porque si algo ha conseguido la propaganda patriarcal es sumar a su defensa a muchos hombres que terminan padeciendo los efectos de relaciones basadas en la imposición.

Crecemos en modelos familiares donde al hombre se le ahorra cualquier trabajo doméstico. Esa desigualdad, que ya presupone que ese niño se dedicará en el futuro a otras actividades más públicas, también lo convierte en un perfecto inútil para funciones tan básicas como ser capaz de alimentarse, de vestirse o de vivir en un entorno limpio, sin ayuda de otra persona. Bajo la excusa de la protección, se crían absolutos dependientes que, además, creerán que ese servicio es algo que se merecen por cuna. Una educación feminista de igualdad, también en el mantenimiento personal, crearía hombres más independientes, con más autonomía vital, con más posibilidades de elegir cómo quieren vivir, incluyendo la de hacerlo solos.

FOTO: Adrián Fatou. Premio II Cert. Fotográfico “Hombres en proceso de cambio”. Programa Hombres por la Igualdad. Aymto. de Jerez.

Otro aspecto fundamental que termina sometiendo, a hombres y mujeres, a la esclavitud emocional es la construcción de un arquetipo único de familia, basada en un amor exclusivo, complementario, inmutable, imperecedero. La cultura patriarcal creó este traje que la biología ha demostrado siempre estrecho. Supone negar que, a lo largo de la vida -cada vez más larga además-, amamos a distintas personas. Negar que no somos personas enteras por nosotros mismos sino partes de un mecano de piezas que solo funciona cuando encajan, aún a riesgo de que este símil mecánico nos lleve directamente a la predicción de numerosas averías en nuestras vidas. Negar que incluso a esa persona que queremos que nos acompañe siempre (dure ese siempre lo que dure), la vamos a querer en todos los momentos igual, y tasando en valores de cantidad ese amor que se muta de forma natural, como criando en esas cotizaciones de bolsa emocional el germen de la frustración que habremos de tener cuando, lo que nos venden como inacabable, ya no nos acompañe. La educación en ese modelo crea también muchos hombres afectivodependientes, inútiles para adaptarse a nuevas relaciones, profundamente desgraciados. Incapaces también de culpar al machismo que les vendieron como ventaja como el origen de su infelicidad.  Una educación sentimental igualitaria, realista y no sometida a la dictadura de la culpa, enseñaría a afrontar la dureza de esos tránsitos para aprovecharlos, en lo posible, para nuestra felicidad.

También crecer en relaciones entre iguales aumentaría la calidad de las mismas, ya no necesariamente mantenidas por rutina o por miedo, sino elegidas y mantenidas por amor. Un sentimiento que es más real que su reinterpretación machista. Porque estar con alguien no es tenerlo sólo al lado, como un trofeo o el diploma de algo que ya olvidaste, sino contar con su complicidad. Ganarse su lealtad, que es un valor más enriquecedor que la fidelidad que contrapone la cultura patriarcal, tan insegura siempre. Nadie puede sentirse acompañado con alguien que lo odia o le teme. En ese frontón donde sólo él juega, nada recibe, nada lo renueva desde la otra persona.

El patriarcado en suma sólo crea hombres inútiles que, al final, dependen de las habilidades prácticas o emocionales de las mujeres. Ellos conocen su vulnerabilidad, y por eso unos reaccionan con violencia y otros se adaptan al mercado de los tiempos, desde les regalos de rosas de hoy mismo a la condena de las agresiones más brutales, pero sin reconocer que son la fatal conclusión de lo que empieza en la falta de respeto, en la desigualdad misma. También, cada vez más, hay hombres que queremos desmontarles este crimen.

Manuel J. Ruiz Torres

domingo, 3 de marzo de 2013

CUANDO LA ALCALDESA DE CÁDIZ PERDIÓ EL SOSIEGO


Si en algo ha sido especialmente habilidosa la alcaldesa de Cádiz es en mantener su propia imagen. Pero ha perdido el sosiego desde que su nombre apareció, el 1 de febrero, en un apunte de la supuesta contabilidad paralela llevada por el extesorero de su partido. Está en su derecho a negarle, con llantinas, autenticidad a esos papeles y en el de convencernos que quien escribiera su nombre, el 29 de abril de 2003, era el maquiavelo amanuense de “una estrategia despiadada” para dañar su imagen y la de su partido. Es un caso ya en los juzgados y esperaremos a ver cómo se resuelve. Lo que ahora me preocupa es que creo que ese nerviosismo personal está afectando la tranquilidad de Cádiz. Sólo esa merma de la necesaria serenidad para gobernar puede explicar que la alcaldesa haya perdido el sentido de la realidad gaditana y de la libertad que aquí significa el Carnaval, tanto en el registro de pancartas y la identificación de una chirigota crítica con su partido, en pleno concurso oficial del Falla, como con la desproporcionada actuación policial para clausurar, por las bravas, el pasado Carnaval Chiquito.

El Carnaval de Los Jartibles se celebra en Cádiz desde 1985, con absoluta normalidad y aceptación creciente. Por definición, una chirigota ilegal (que la gente de orden se empeña en llamar callejeras, como si el continente fuera más importante que el contenido) no se somete a ninguna censura previa ni, en lo honestamente posible, autocensura alguna, ni depende de subvención pública, ni es un negocio que pueda traspasarse de dueño si fuera rentable. Eso las sitúa fuera del mercado, justo en el lugar donde estamos la mayoría. Entiendo que la alcaldesa prefiera la orfebrería cantada de quienes sólo ven la plata en la ciudad envejecida, desempleada y de creciente despoblación en que se está convirtiendo Cádiz. Para ese gusto interesado, de piropo ideológico, se programa todo lo oficial. Lo que queda fuera, lo que está contra ese orden de verdad única, es la ilegal. Que ha terminado en refugio de esa legitimidad histórica del humor crítico, ingenioso, desmesurado y sin concesiones, que siempre ha sido el Carnaval gaditano. No por casualidad, siempre prohibido también en cada ventolera autoritaria. Supongo que la misma poca gracia han debido de hacerle, todos estos años, esas letrillas que la ponen vestida de ella misma. Pero fuera por prudencia política, fuera por no transfigurarse en intolerante ante sus fieles, a las ilegales sólo las ignoraba o se ha venido negando a cortar el tráfico en las calles donde actúan. Este año de nervios, no.

Si el argumento es que hay que aplicar la normativa de ruidos como si fuera un día ordinario más, está diciendo que, para la alcaldesa de esta ciudad que vive ya casi exclusivamente del turismo, el Carnaval Chiquito no merece excepción alguna, al ser otro día corriente. De días corrientes están llenas las tumbas de la hostelería gaditana. Y tan preocupante como este anteponer la inmaculada imagen propia al interés de buena parte de la ciudad, es que esta falta de prudencia se lleve por delante las libertades individuales en Cádiz. Salvo un no declarado estado de sitio, no es delito estar en la calle, ni tampoco lo sería cantar, para quienes quieren limitar todo este asunto a una cuestión de orden público. El propio parte policial, exhibido como auto de fe de verdad absoluta de los hechos, tiene una redacción literaria tan elaborada que a las chirigotas las llama “grupo de cuatro personas con una guitarra y bombo cantando una copla de carnaval". Lo que es no querer enterarse. Si quienes tienen que mantener la seguridad, por falta de tacto o de profesionalidad, convierten lo que era una supuesta molestia en una supuesta falta, y ésta crece hasta un supuesto delito de atentado, es que ese orden público no está bien garantizado. Es el sentido de la proporción. No sólo de los medios empleados según la coyuntura o la conveniencia, sino también entendiendo la oportunidad de lo que se hace y la dimensión de la respuesta. Cádiz se convertiría en una ciudad con sus libertades suspendidas y sin seguridad jurídica alguna si, a partir de ahora, cualquier incidente, incordio o queja ciudadana la solventa la autoridad a golpes y con denuncias de prisión. Pero me temo lo peor. Ayer mismo anunciaba el Ayuntamiento un nuevo plan de “control policial” en materias de su competencia. O la novedad consiste en que hasta ahora no se custodiaban adecuadamente, o lo que anuncia son nuevos métodos de vigilancia. En la debilidad, mostrar autoridad.

Manuel J. Ruiz Torres

miércoles, 20 de febrero de 2013

CACERÍA AL CINE


Por lo visto la industria del cine es la única industria subvencionada con dinero público. Eso, o que quienes sacan la cacería de las subvenciones cada vez que reciben una crítica piensan que una subvención implica contraer un agradecimiento eterno, en el que quienes reciben el dinero de todos pasan a convertirse en súbditos pelotas de quienes gobiernan. No tengo ni simpatía ni antipatía por el colectivo del cine precisamente porque, como en todo colectivo, los habrá apáticos, malos, buenos, creyentes, celiacos, extravertidos y siesos. Así que ya me huele mal ese empeño en meter a todo el que trabaja en el cine en el saco de los millonarios de izquierda frívolos e incoherentes. No se dice que el noventa por ciento de esa industria está en paro. Ni que la mayoría de quienes trabajan lo hacen en unas condiciones de explotación que orillan la esclavitud. Conozco casos de guionistas que están cobrando cuatrocientos euros por cinco meses de trabajo; de directoras que ruedan anuncios o videoclips musicales por cien euros. Incluso caras muy conocidas, de pronto desaparecen durante años, o del todo. Sobreviven de hacer series de mierda o anuncios para empresas detestables, a sabiendas de que si alguna vez protestan en una gala que medianamente sigue la gente, las van a crucificar por colaboracionistas de la telebasura o por poner su cara amable a empresas explotadoras. Como si el resto del país no trabajáramos también donde podemos, la mayoría en empresas o administraciones abusadoras y repugnantes.

Aquí, el ministro caricato de Hacienda que, allá su inconsciente, en cada comparecencia confunde el Parlamento con el Teatro Chino de Manolita Chen, no sabe quienes se han acogido a su amnistía fiscal pero sí que sabe que hay actores y actrices que no pagan sus impuestos en España. Como entre chiste y chiste suyo, esos que tanta gracia le hacen, no se sabe explicar, aún no sé si denunciaba la obviedad de quienes trabajan fuera del país –que, lógicamente, igual que los ingenieros o los montadores de tuberías- los pagan en el país donde cobran; o si, en cambio, estaba revelando un delito fiscal, como el que se juzga en Valencia sobre el cobro por Julio Iglesias de tres millones en negro supuestamente pagados por el gobierno popular de esa Comunidad. Pero el cantante no está en la diana de las calumnias, supongo que no por su proximidad política sino porque dejó el gremio del cine a tiempo. Con charaditas así, y la encendida indignación de la corte de tertulianos, que cobran de las microscópicas televisiones digitales mantenidas por la publicidad institucional de gobiernos del Partido Popular, se consigue que actrices y actores que no conoceremos nunca nos caigan personal y rematadamente mal. Porque viven a cuerpo de rey con nuestro dinero. Con las subvenciones.

Y sí, es un escándalo. Porque aunque el gobierno popular haya cambiado el sistema de subvenciones, ahora sobre su rendimiento comercial y no sobre proyectos, se sigue aireando la demagogia. El 27 de noviembre pasado se publicaron en el BOE las ayudas a la amortización de largometrajes estrenados durante el año 2010: 34,5 millones. Primera mentira: esa cantidad no es para subvencionar obras que no ve nadie, sino que se entrega más dinero a las películas de mayor presupuesto y con mayor taquilla conseguida. Así, una película tan manipuladoramente izquierdista como Tres metros sobre el cielo (chico violento conoce chica pija, chica conoce carreras de motos ilegales, chico y chica lo dejan) obtuvo la mayor cuantía, dos millones.

Segunda mentira: El cine español vive artificialmente de las subvenciones. En el último año con datos completos, 2010, la industria del cine recibió un total de 92,36 millones de dinero público. La recaudación en España fue de 80,3 millones, cierto que con una caída de espectadores, pero recaudó más de 41 millones en el exterior. Eso supone casi 29 millones de euros de beneficio.

Es importante señalar que esa cantidad es-can-da-lo-sa de los 92,36 millones en subvenciones se entregó a los empresarios de la industria del cine, no a sus trabajadores. Como no la reciben tampoco quienes trabajan, con menos notoriedad y por lo mismo menor antipatía pública, en la industria del automóvil o en la de la energía fotovoltaica. Por cierto, la industria taurina recibió, ese mismo año, gobernando los socialistas, 564 millones en subvenciones, seis veces más que el cine. Al actual gobierno popular, tan coherente, le parece insuficiente y ya ha anunciado un aumento de ayudas a la tauromaquia. Si no los critican, supongo.

Manuel J. Ruiz Torres

miércoles, 13 de febrero de 2013

LA CORRUPCIÓN, B.I.C.


Creo que el Gobierno debería considerar muy seriamente la declaración de la corrupción como Bien de Interés Cultural. Acaba de hacerlo con la fiesta de los toros que, como su propio nombre indica, se trata de regocijarse haciéndole algo muy divertido a unos toros. El que las víctimas de estas dos extendidas aficiones no se presten de buena gana a que los sangren, no hace más que aumentar la excitación con la que unos y otros practican su arte. La resistencia del martirizado aumenta el ingenio del torturador, ya sea para cambiar los sobres por privatizaciones, ya para recibir el envite con el pie derecho adelantado en vez del izquierdo, en una de esas creaciones personalísimas que convierten al toreo o a la corrupción en un arte incontestable. El que ambos espectáculos repitan siempre el mismo guión y tengan, salvo contadas excepciones que dan lugar a abundante literatura, el mismo final absolutorio del artista, ya sea con la muerte del toro troceado en vivo, ya con la anulación de pruebas por defectos de forma, no nos debe hacer dudar de la propia condición de arte que tiene lo que hacen. La emoción de la sorpresa, la creatividad, la voluntad de explicarnos el mundo y nuestra efímera presencia en las otras artes son ingredientes sobrevalorados frente al arrojo, la falta de conciencia, la habilidad para el engaño con la muleta o con lo que se ofrece de señuelo en unas elecciones o una hipoteca. Tanto el toreo como la corrupción cumplen lo dispuesto en la Ley de Patrimonio Histórico, en tanto son o han sido expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español en sus aspectos materiales, sociales o espirituales. Igual que la Inquisición, la expulsión de judíos y moriscos o las guerras civiles, necesitadas también de la misma figura de protección y salvaguarda ante las amenazas de su olvido por la intolerancia y los prejuicios del mundo moderno.