jueves, 16 de enero de 2014

CUATRO REFLEXIONES INQUIETANTES SOBRE LA REPRESIÓN EN GAMONAL



(Foto tomada de www.teinteresa.es)

La suspensión, justo ahora, de las obras especulativas en el burgalés barrio obrero de Gamonal nos permite detenernos en algunas reflexiones inquietantes.

1. Se extiende la convicción de que sólo se tienen en cuenta las opiniones contrarias cuando se manifiestan con violencia. Ese vecindario lleva más de tres meses protestando diaria y pacíficamente y, en ese tiempo, nadie se ha dignado a escucharles. Ocurre igual cuando otras manifestaciones y mareas de muchas miles de personas son ninguneadas, o se les provoca reduciéndolas a cifras ridículas. Es evidente que se busca desmantelar el derecho de manifestación por la vía de la desmotivación. Pero también supone dejar a las manifestaciones “autorizadas” sin su cínica utilidad de contener y encarrilar las protestas dentro de los apaciguados cauces de la democracia formal. ¿Ha renunciado el Partido Popular a mantener las apariencias de esta democracia? Si, al final, se premia la violencia, ¿tiene el Partido Popular algún interés en avivar esa violencia, por ejemplo como excusa para una represión mayor, o es simple incompetencia?

2. Se han producido detenciones e incidentes porque la policía prohibía la estancia en la calle a partir de una determinada hora, en un supuesto toque de queda. Tal figura no existe en nuestra legislación. Es más, en la sacrosanta Constitución de 1978 se  reconoce, como derecho fundamental, el de circular libremente por el territorio español (art. 19). Y, expresamente, (art. 55), sólo puede suspenderse con una declaración de estado de excepción o de sitio. El primero, por Consejo de Ministros previa autorización del Congreso, y el segundo por mayoría absoluta del Congreso. ¿Ha derogado el Partido Popular la Constitución sin que nos enteráramos?

3. La policía ha entrado en portales de bloques para continuar sus cargas. El portal es una propiedad común de las viviendas de ese edificio. Y esa misma Constitución consagra la inviolabilidad de los domicilios, “sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito”. La jurisprudencia constitucional ha aclarado el sentido de domicilio, que incluye no sólo la vivienda sino espacios anexos a la misma. De nuevo, ¿ha derogado el Partido Popular la Constitución sin que nos enteráramos?

4. Finalmente, la injuria como apabullante política de comunicación. El Gobierno ha hablado de kale borroka, de antisistemas, de profesionales itinerantes de la bronca revolucionaria, hasta de la insolidaridad –ya ven, qué sarcasmo- de quienes se oponen a convertir la vieja carretera nacional en un bucólico bulevar para bicicletas y peatones. Pero todos los detenidos viven en Burgos y no tienen antecedentes. Las fotos desmienten esa imagen prefabricada de terroristas de la calle cometiendo “atentados”, presentándolos en su naturalidad de trabajadoras y trabajadores muy indignados. Les están robando, les quieren hacer pagar otra vez por una calle que ya pagan con sus impuestos. Es un repago repetitivo que ya hace mucho que pasó de irritante. Allí y aquí. Nos están robando. ¿Cree el Partido Popular que las protestas, como algo sólo imaginable en criminales, deberían criminalizarse? Están en ello. Se llama Ley de Seguridad Ciudadana.


Manuel J. Ruiz Torres

sábado, 21 de diciembre de 2013

MORAL ÚNICA EN LA CONTRARREFORMA DEL ABORTO

                                      
La contrarreforma del aborto supone legislar desde la hipocresía. No van a disminuir los abortos mientras no disminuya su necesidad. Sólo se van a bifurcar el mismo número hacia dos caminos, bien distintos. Uno seguro, para quien pueda pagárselo, aquí u, otra vez, tras las seguras fronteras del extranjero; el otro, peligroso para la salud de las mujeres pobres, otra vez en las cloacas de la clandestinidad. Es tal este ejercicio de completa hipocresía que la nueva ley amplía las situaciones en que declara delito el aborto pero elimina las sanciones penales. Tenemos un delito que, según el sobrado paternalismo del ministro, no tendrá reproche penal para las mujeres. A las que esta ley ya les ha quitado el “derecho a la maternidad libremente decidida”. Sin decisión propia, la maternidad vuelve a retroceder a designio divino. O de los Ministerios que lleven sus asuntos acá en la tierra, como la decisión de sacar de la reproducción asistida a mujeres solas o lesbianas que expresamente quieren ser madres, en una maternidad que no es protegida porque se sale de la moral canónica, ahora otra vez obligatoria. Para ser un imposición hipócrita de cara al fundamentalismo católico, esta ley, con la inseguridad que provoca, va a causar la muerte de mujeres y niños, ya nacidos y vivos, condicionados en sus derechos a la vida -y a una vida digna- a la interpretación que, de esos derechos, haga un extraño que impone sus propios prejuicios religiosos. Ahora revestidos de mayor valor jurídico que los de la propia mujer decidiendo sobre su cuerpo. Porque esta ley subordina la vida de personas reales a la de lo que aún es una probabilidad de vida autónoma, arrogándose también la resolución de ese debate científico.

No conozco ninguna mujer a la que le guste abortar. Es una mentira muy ofensiva esa imagen truculenta que presenta el aborto como una frivolidad. No lo es. Es una decisión propia, difícil, siempre muy meditada. Es la propia mujer quien decide si quiere, o no quiere, que alguien la acompañe. Ahora la ley le impone dos tutores médicos, plazos de reflexión, la devalúa a menor de edad. Si, de verdad, quieren disminuir los abortos, que hagan viables esas posibilidades de vida futura, con políticas económicas que integren a quienes están en el paro y en la exclusión social, con salarios dignos para sostener y alimentar a una familia. Más de 13 millones de niños y niñas mueren cada año por enfermedades e infecciones directamente relacionadas con la falta de alimentos. 100 millones de niños y niñas tienen nutrición insuficiente y deficiencia de peso, y 180 millones sufren desnutrición crónica. Pero las grandes religiones, mayoritarias donde más pobreza y más muertes infantiles hay, declaran asesinato el aborto y prohíben también el uso de preservativos, o presionan a esos gobiernos contra cualquier política de planificación familiar. Ninguna reconoce su propia responsabilidad en esas muertes y en esas malas vidas que su fundamentalismo provoca. En España, más de dos millones doscientos mil niñas y niños viven por debajo del umbral de pobreza. Pero no se aprueba una ley que les garantice una renta básica, ni otra que pare los desahucios para no dejarlos a la intemperie. Ya han nacido. Al contrario. Lo que se hace es eliminar las ayudas de dependencia, o excluir personas y tratamientos de la sanidad pública, a la vez que se nos pide tener más hijas e hijos. Si quieren que disminuyan los abortos que se promueva una educación de igualdad, no de reclutamiento de fieles, que incluya una sexualidad igualitaria, no culpable ni necesariamente reproductiva, que repudie la sumisión femenina (no que la presente como un valor católico) o la prepotencia y el chantaje sentimental como formas de violencia masculina. La política de este gobierno es profundamente antivida. La hipocresía tranquiliza conciencias, pero no resuelve problemas.

Manuel J. Ruiz Torres

domingo, 1 de diciembre de 2013

Encuentro de poetas hispano marroquí en Cádiz

Organizado por la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo y el Centro Andaluz de las Letras, se celebró en Cádiz, entre el 4 y 6 de noviembre pasados, un encuentro de poetas hispano-marroquíes con motivo de la visita a esta ciudad de la Casa de la Poesía de Marruecos. Supusieron dos días de convivencia poética, el primero y el tercero en Cádiz, el segundo en Jerez. Pude asistir a las jornadas celebradas en Cádiz y conocer directamente parte de la mejor poesía que ahora mismo se realiza en el país vecino, con la sorpresa añadida de su cosmopolitismo y la cercanía de sus imágenes y sensibilidad contemporánea. Siempre han sido muy pocos y universales los grandes temas que buscan respuesta en la poesía: el amor, el tiempo, la injusticia o la muerte. En un mundo global, la poesía diluye fronteras y se estrecha para compartir, no sólo esos grandes temas, sino también los escenarios, las referencias -cinematográficas, musicales-, las ilustraciones y, al cabo, las mismas metáforas.


En Cádiz leyeron sus poemas -algunos con su traducción al castellano, otros sólo en su idioma original- escritores como Hassan Najmi, Mourad El Kadiri, Boudouik Benamar, Azrahai Aziz, Khalid Raissouni, Ahmed Lemsyeh, Jamal Ammache y Mohamed Arch. Por parte española, Jesús Fernández Palacios, José Manuel García Gil, Javier Vela, José María García López, Virtudes Reza, Manuel J. Ruiz Torres, Yolanda Aldón, Juan José Sánchez Sandoval y Mauro Quiñones. Se acercaron al último de los recitales pero sin poder participar en el mismo, Felipe Benítez Reyes, que tenía a la misma hora un seminario de la UCA sobre su obra, y Blanca Flores, que tenía obligaciones laborales a esa hora pero que sí leyó en el recital de Jerez. Las intervenciones de cada participante fueron resumidas y traducidas al otro idioma por el poeta Khalid Raissouni, reciente traductor del Libro del buen amor al árabe, e Ignacio Ferrando Frutos, coordinador del Área de Estudios Árabes Islámicos de la UCA.

En Jerez, con los mismos poetas marroquíes, leyeron los poetas españoles Josefa Parra, Dolors Alberola, Domingo F. Faílde, Paloma Fernández Gomá, Patricio González, Blanca Flores y Yolanda Aldón.

Quiero, con la intención de mera muestra que no antología ni selección, presentar aquí algunos poemas de estos autores marroquíes.

Del poeta Hassan Najmi (Benhmed, al sur de Casablanca, 1960), este "El desierto".

EL DESIERTO
(Elegía para Mohamed Bahi)
Pero si el corazón no le subyuga la mano,
Tampoco le violentará el brazo
ALMUTANNABI


De repente me sentí abatido. ¿Habrá alguna sombra
en este páramo que no se acaba? Sólo hay
un lugar para la contemplación y la añoranza. La
nada.
Deambulábamos entre las zarzas, las rocas herrumbrosas
y las malezas, entre las raspas de sal
y los ásperos regatos. La arena de las dunas se resistía
al tiempo. ¿De dónde viene este fulgor que
ciega? ¿Irrumpe del jade o del cuarzo? Su silenció
me espantó. Veía cómo se agrietaban los labios y
se desangraban. El agua de los pellejos se había
agotado. Mi asombro me anegaba. ¿Eran dunas o
el lomo de peces en fuga? ¿Eran dunas o mujeres
desnudas?
Reclamo la generosidad de tus ojos. Tu alma es
luz
(...)

El poeta Azrahai Aziz lee uno de sus poemas.

Del poeta Mourad Kadiri (Sale, 1965) este "La estaca":

Aflojo una estaca, empuño otra
Una estaca delante, otra estaca detrás
do quiera que mire, una estaca,
bajo mí, sobre mí, a mi lado
En mi cabeza, una estaca
otra en mi corazón
Una estaca se hizo muy pequeña
Logró atravesar una de mis arterias
y esconderse
Desde allí, empezó a amenazarme
¡Cuidado! No rompas tus cadenas
Si lo haces
te encontrarás más desamparado
te cansarás y acabarás perdiéndote
¡Cuidado! No te muevas
no respires
Me dije:
esta estaca he de arrancarla con mis dientes
Primero bebamos un buen trago
Lo que la estaca cree que sólo ella sabe
yo también lo sé
Pero he acabado descubriendo
que la estaca y yo somos hermanos
Como llave y cerradura
se frota contra mí
y yo me froto contra ella
Me prepara buñuelos
y se los devuelvo untados de miel
Me moriría
si llegara a faltarme


El poeta Boudouik Benamar lee sus poemas

Del poeta Khalid Raissouni (Casablanca, 1965), el poema "La identidad- una piedra":

Bajo los rayos vivos
de un día cualquiera,
doblaron las campanas celestiales.
Sumergido en su esplendor
el palmeral cantaba
y su luna agonizaba,
un camino hacia un silencio que sobrevive.
Silencio mortal con cuerpo y alma
que desnudo se asoma
a los umbrales de la aurora,
desciende a los infiernos del vacío.
Silencio sin color, sin nombre,
arde en la oscuridad infinita.
Su grito es una llamada muda
bajo la sombra de la muerte.
Su voz es una piedra
y su identidad un tiro en la frente.

Momento de mi propia lectura, foto cortesía de Azis Azrahai

Del poeta Ahmed Lemsyeh (Sidi Ismaïl, provincia de El-Jadida, 1950), la parte del poema:

ojala si hubiera alegría se contagiara
y las letras no envidiaran a quienes he engendrado
y el saludo viniera en auxilio
cuando yo llamara
y el bien fuera un mar dulce
que saciara la sed de mi país
el amor y la verdad y la belleza serían mis señores
me convertiría en un errante mendigo
y la libertad sería mis provisiones


Imagen de los participantes en la lectura de clausura de las Jornadas en Cádiz

lunes, 18 de noviembre de 2013

El segundo hundimiento del Prestige

No sé qué celebra hoy la prensa de la derecha de una sentencia, la del Prestige, que declara la impunidad en la mayor tragedia que se recuerda del medio ambiente en España. Salvo que celebren su propia impunidad, no se entiende esa alegría que nos deja a todos (a los suyos, a los de los otros y a los de nadie) indefensos ante cualquier otra desgracia futura.


Con este precedente, no habrá responsabilidad alguna en quien decida, en adelante, para hacer mayor negocio, prescindir de medidas de seguridad o tomar decisiones temerarias, en una fábrica, en un superpetrolero o en una balsa de residuos tóxicos. Todo quedará legalmente protegido por el manto del azar y por el conformismo de las desgracias inevitables, como si la ciencia no hubiese avanzado en estos siglos, no sólo para construir peligros cada vez más considerables sino, en lo posible, para preverlos y corregirlos. La sentencia tiene un fundamento de resignación ante la calamidad que acongoja. Para absolver a los responsables, técnicos y políticos incompetentes en su soberbia, se condena a la ignominia a todos nosotros, se nos pone en verdadero peligro. Porque esa sentencia acaba de derogar, de hecho, toda la legislación medioambiental del Estado. En ese camino, no extrañan las pequeñas mezquindades, los ajustes de cuentas. Se injuria, se ridiculiza y se menosprecia a quienes allí protagonizaron también la mayor y más hermosa muestra de solidaridad e implicación en la defensa de la tierra, voluntarios y voluntarias que limpiaron de chapapote las playas de esa costa (hoy más que nunca de la Muerte). Según la portavoz popular de Medio Ambiente en el Congreso, “los voluntarios no limpiaron nada”. Asunto acabado.

martes, 25 de junio de 2013

De amicitia

Yo mismo cursé las necrológicas anunciando mi muerte. Yo elegí desconocidos cocineros en el mercado y les di instrucciones para la cena. Después desaparecí. Sólo mi fiel Cayo Canio supo de la farsa. El fue mis manos y mis ojos en la decoración de la casa; él tranquilizó la herencia a mis familiares, la estabilidad a mis esclavos. Permanecí escondido en las afueras. Una hacienda grande, desolada, convertida por Canio, mi socio, en  próspera funeraria de la provincia. La superstición la aleja de las rutas comerciales, de la curiosidad de los campesinos. Allí  se almacenan cargamentos de especias, telas, objetos valiosos  entrados por mar, burlando la vigilancia de los recaudadores.  Allí, alguna  vez compartimos el baño con actrices,  nadando en  la piscina donde se lavan los cadáveres. Allí planeé esta burla  para escarnio de Plauto, mi enemigo.                  


Porque era mi voluntad escrita, Canio ha recibido a  los invitados. Había mandado pintar de negro los suelos de la  casa, tapar las paredes con cortinas rasas ceñidas, tintadas de  betún para impedir que la luz los distraiga del luto. Los recién  llegados son abandonados en la oscuridad, una vez retiradas sus tarjetas. Como nadie se atreve a avanzar, cada vez hay más en la sala, tropezando y golpeándose con los muebles. Crecen también  las disputas. Desde otra sala se filtran letanías y sollozos.  Sólo cuando llegó el último de los rezagados, entraron dos escla­vos con candelabros. Todos les siguieron. Todavía la impaciencia se mezclaba con el compromiso o el afecto. En la otra estancia, iluminada con lámparas de aceite, reposa mi ataúd cerrado, el  mejor modelo disponible en el negocio. Alrededor, la familia y  los íntimos, ya con la desesperación vencida, más cansados que  tristes, más confusos que solos. Yo los observo con desprecio detrás de los cortinajes. Canio ha ordenado entrar a los muchachos, encender más cirios. Cada uno porta una bandeja y dice, en  voz alta, el nombre de uno de los invitados, depositando  en el  suelo lo que trae. Aquellos reconocen con emoción el regalo que  alguna vez me hicieron: una sortija, una túnica, una piedra común  cuyo significado nadie interroga. En la bandeja de Plauto, la última, han colocado laurel. Lo he visto desolarse.

El ruido de platos, en el primer piso, devolvió parte de realidad a la casa. No se abrieron las cortinas. A quien quiso se le cambió la toga por ropa más ligera. Se subió al cenaculum. Esclavos rapados presentaban jofainas y jarros para la limpieza de brazos y manos. En cada ángulo había un niño moviendo un  incensario. El ambiente tenía un olor extraño a ramas de cipreses. Un individuo pálido, cubierto con un simple sudario, se sentaba junto a una mesa repleta de velas. No contestó a quienes  se le acercaron y dudaría si acaso los vio o le importaba en algo que estuvieran vivos. Alguno declinó coronarse con crisantemos, criticó el humor de Canio por usar de felpa la cinta recordatoria de la familia. También hubo sorpresa al ver el triclinium cu­bierto de sedas negras, la formidable mesa de ébano y, delante de  cada asiento, el propio nombre tallado en pequeñas lápidas de  mármol de Almería. Distribuidos los puestos en función del rango de los invitados. Plauto, como primer comerciante, imus in medio, donde el mayor honor. Canio, como anfitrión testado, imus in imo, desde donde podía dar órdenes a los sirvientes y no descuidar la  conversación con los principales. Él les calmó la inquietud apelando a mi extravagancia; él salvó la fiesta apaciguando la  tentativa general de abandonar mi casa, cuando los nobles se vieron junto a algunos conocidos parásitos de la provincia,  tratados de igual en la asignación de asientos. Canio les recordó el mal augurio de disgustar a un difunto. Fuera por temor o acaso por el repentino aprecio que disfrutamos los muertos, todos se  dejaron descalzar las sandalias.               


Se mandó traer el vino. Los esclavos más apuestos de la casa se encargan de mezclar los brebajes, siempre con orden de trucar las proporciones y abusar de los vinos más fuertes. Van vestidos con antiguos trajes míos, de vivos colores, y llevan los cabellos largos, como yo mismo. Canio ha dado orden de traer los huevos. Revueltos de apios, bulbos y caracoles hervidos con mollejas, alas de pollo, ciruelas y salchichas de Lucania. Entra­das de albaricoques con pimienta y menta seca, rociados con garum, miel, vino y vinagre. La vajilla es de plata y las copas  de cristal de murra, que dicen hace mágica la fragancia del vino. Aunque el incienso sigue pudriendo el aire, he oído las primeras bromas sobre tan confortable sepulcro.
    

Siguió la cena durante horas. Cambiando el servicio en cada plato. Si los criados enjoyaban a Canio con zafiros, la bandeja era azul; si lo adornaban con topacios, cambiaban los manteles sucios por amarillos, y hacían igual juego de colores con los alimentos que servían, para desconcierto de los comensales. Así, entre otros guiños, se reprodujo el viaje que trajo a muchos de nosotros desde Roma a Hispania, tomando la ruta de los vinos de Fornio, Marsella, Tarragona y la Bética. Así, se presentaban humildes sopas de harina, como las que compartí con Plauto,  cuando la juventud nos urgía más que el dinero. Cada plato pare­cía tener su veneno. Cada sorbo los envejecía un poco, aproximán­dolos a mí, el difunto. Nada tan detestable como la melancolía ajena. Los parásitos buscaban con avaricia los granos de oro ocultos entre los guisantes, las piedras preciosas escondidas en  guisos de lentejas. Se comía con desconfianza, arriesgando los  dientes: el pescado brillaba como vidrio desmenuzado, esculturas  de astillas pintadas remedaban pasteles de carne. Canio hacía  alarde de recetas inéditas: tajadas de joroba de camello, sesos de avestruz, lenguas de flamenco. Algunas perdices ocultaban bajo su plumaje un murciélago que, al trincharlas, levantaba el vuelo. Quien alguna vez  compartió la corte de Domiciano  reconoció el esplendor del banquete. Eso halagó a los provincianos. Nunca como hasta hoy tan comprensivos con el emperador. Nunca tan iguales a él. Yo los observo, reconfortado, achicarse en los asientos,  reclinados entre la nausea y el prestigio.


Antes de los postres, como es costumbre antigua, se han  presentado estatuillas de los dioses lares. Canio brinda con mi nombre. Presenta como sacerdote al individuo pálido, todavía silencioso, inmóvil en su mesa toda la cena. Éste empieza a  discursar en lenguaje solemne, altisonante. Ensalza a la muerte.  Se rinde ante quienes ayudan a prodigarla: las enfermedades, los  médicos y los asesinos. Se ha quitado las manos artificiales y los invitados ven, con repugnancia, aquellos muñones parecidos a las membranas con que nadan los patos. Ha vuelto a sentarse, dejando un silencio propicio para que lo rompan los bailarines que portan los dulces. Dátiles rellenos de tuétano, panecillos africanos con la forma de monos, gelatinosos flanes. Esclavos scoparii recogen los desperdicios que los comensales arrojan al  suelo. Cuando Canio anuncia la verdadera fiesta, la comissatio,  sólo él y yo, escondido, estamos sobrios en la sala. Hay invita­dos acostados sobre la espalda y con la boca abierta. Sus siervos les introducen plumas para provocarles el vómito y aliviarles el estómago. En otro lugar, un muchacho imita al hijo de Cicerón, de  quien dicen capaz de beber de un solo trago dos congios de vino.  Un grupo elige, a los dados, un presidente de mesa que determine el ritmo de las bebidas; otro parodia a las vírgenes. Esbeltas gaditanaes escenifican eróticas canciones que mezclan con poemas  de Canio al difunto, con letrillas mías sobre las hijas y esposas de algunos presentes. En los sorteos, trucados con habilidad por mi socio, se reparten los premios: un cofre de malaquita será para el enemigo de quien tan alto pujó contra mi, en las subas­tas; la copa que Plauto siempre me envidió, donde bebíamos juntos, será caída y rota por un esclavo de manos torpes. Un  comerciante de telas ganará a mi esposa; a otro, le será devuelta la suya. Cada regalo afilado con un epigrama. Alguno protesta a gritos. Alguno arriesga su buen augurio maldiciendo a un muerto. Satisfecho bajo al primer piso. Entro en el ataúd y espero a que vengan por mí los cargadores de la funeraria. Como era conveni­do, Canio ha mandado subirme. Me han colocado en un catafalco en  el centro de la estancia. Ha expulsado a siervos y esclavos. Ha pedido acercarse a los que aún se mantienen en pie para iniciar una larga biografía laudatoria. Entonces, como era convenido, me he levantado y he gritado los nombres, uno a uno, de todos los invitados. No obtuve aullidos de terror. Nadie se lanzó escaleras  abajo. Estaban tan borrachos que no repararon en mí o me creyeron parte de la farsa. Canio les convenció que seguía igual de muer­to, que la alucinación en pie que los nombraba se esfumaría  cuando sellasen la caja. Supe que me van a enterrar. Canio me ha  mirado con los ojos de un hombre celoso.


Manuel J. Ruiz Torres

sábado, 22 de junio de 2013

Marat/Sade y LCG en el Día de la Música 2013

Concierto en el Rebel Bar (Paseo Marítimo, 26, Cádiz) para celebrar el Día de la Música. Con actuaciones de Marat/Sade, Southmakres, LCG y The Mond Shakers.

Aquí la actuación de dos de esos grupos, con amigos cantando en ellos.

Marat/Sade, con el poeta David Franco Monthiel como letrista, gritos y rítmica; Daniel Hernández, bajos y guturales; Jesús Torres, guitarra y greenwoods; y Blas Sánchez, batería y golpes. Aquí algo de la música que hacen: Canciones.

Marat/Sade

LCG (como el aeropuerto de La Coruña, por ejemplo, aunque juegan a que se hagan distintas interpretaciones del significado del grupo), hacen música con referencias al blues y al rock americano. Suenan a inmemorial, a pesar de que confiesan que su sonido está en fase iniciática. Tienen un EP propio editado, Everything can change. El grupo lo forman Isaac Medina, voz, guitarra y teclados; Javier Mejías, guitarra;  Javier López, percusión; y Alejandro Fernández "Cuco", bajo. Aquí, un par de sus canciones: Day to day y Silent shout.

LCG

jueves, 9 de mayo de 2013

SENTENCIA CONTRA LA LIBERTAD DE QUEJARSE



Hace sólo dos días se publicaba un informe policial que relaciona las aportaciones de una decena de empresas al Partido Popular con el posterior triunfo de las mismas en concursos públicos convocados por Administraciones gobernadas por el mismo Partido Popular. El balance de este flujo es que, en la última década, unos dan casi 4 millones de euros de dinero de sus empresas y, en “correspondencia”, otros les dan 12.330 millones de dinero público. Les ahorraré lo que estaríamos escuchando si eso lo hace cualquier otro partido que, salvo alguna televisión y algún medio muy concreto, no tuviera extensamente comprada la libertad de información, con cargo también a los dineros públicos de las subvenciones y la publicidad institucional. Esa importantísima noticia apenas ha existido.

Es un dato relevante porque explica el estado de cabreo (hace tiempo que la indignación tomó ese nombre) generalizado. También que la falta de verdaderos medios de comunicación obligue a buscar otros cauces de expresión. E, incluso, nos lleva hasta una tercera conclusión, la interesada utilización del principio legal de presunción de veracidad de las declaraciones policiales con las que la derecha celebra las que creen que le benefician y difama las que lo acusan. En este contexto, de cabreo y de falta de libertad de expresión, se han producido las condenas penales de un ciudadano por defender su derecho a pegar carteles en el Palillero y de dos más por defender su derecho a estar en la calle oyendo coplas de Carnaval. En ambos casos, la acusación ha consistido en desacatos o atentados a la autoridad de la Policía Local. Si ambas situaciones (pegar carteles y oír canciones en la calle) suponían una muy dudosa infracción administrativa, la policía debió tener la templanza de identificar sin que al asunto pasara a delito. Eso nos lleva a si, a partir de ahora, decirle a la policía que no le parece justo lo que está haciendo, es ya un delito. Aunque haya una Constitución de boca llena que nos otorgue esos derechos de expresión y de reunión. Condicionados, por lo que se ve, a una interpretación policial de su oportunidad. Porque la frontera del desacato puede ser muy subjetiva, y alguien podría situarla en un tono de voz más alto que el susurro, en decírselo mirándolo a los ojos o en una inconveniente gesticulación excesiva de esa queja. Podría ser que lo que se quiera es no poder siquiera hablarle educadamente a quien nos pide que nos identifiquemos, siguiendo esos consejos que, en el más profundo franquismo, se nos daba para salir de noche: si te paran, diles que sí a todo, que algo malo habrás hecho.

Lo que parece deducirse de ambas sentencias es que, en esas situaciones, seguramente tensas, sólo se le exige calma a la ciudadanía. La exquisita educación y cortesía en las posibles discusiones que se produzcan sólo son obligadas para la parte ciudadana. También parece que el valor probatorio que otorga la presunción de veracidad policial –siempre que no afecte a cargos populares- vale más que el testimonio de innumerables testigos. Y que ningún valor se le concede a la palabra de quienes han sido acusados. Leído el parte de la intervención policial en el Carnaval Chiquito, se nos describe una sucesión de agresiones seguidas de una misma persona que, poseída de su paroxismo, se lanza contra la policía y los persigue por calles y plazas mientras aquella soporta con estoicismo patadas y escupitajos, y trata de calmarla con buenos consejos antes de la inevitable y limpia detención. Con objetividad, no parece verosímil esa santa paciencia policial, que no interviene cuando se produce un supuesto delito sino cuando se reitera. De poco valen las contradicciones de esa misma policía en el juicio, cuando unos y otros no se ponían de acuerdo sobre si fueron hacia la multitud a apaciguarla, o si la multitud se fue hacia ellos. Pero la sentencia cree a la policía. Eso nos deja en una completa indefensión. Porque la expresión de cualquier queja nuestra pueden convertirla en delito. Que es lo que buscan. De hecho, para la derecha, quejarse ya es un desacato.

Manuel J. Ruiz Torres