lunes, 18 de noviembre de 2013

El segundo hundimiento del Prestige

No sé qué celebra hoy la prensa de la derecha de una sentencia, la del Prestige, que declara la impunidad en la mayor tragedia que se recuerda del medio ambiente en España. Salvo que celebren su propia impunidad, no se entiende esa alegría que nos deja a todos (a los suyos, a los de los otros y a los de nadie) indefensos ante cualquier otra desgracia futura.


Con este precedente, no habrá responsabilidad alguna en quien decida, en adelante, para hacer mayor negocio, prescindir de medidas de seguridad o tomar decisiones temerarias, en una fábrica, en un superpetrolero o en una balsa de residuos tóxicos. Todo quedará legalmente protegido por el manto del azar y por el conformismo de las desgracias inevitables, como si la ciencia no hubiese avanzado en estos siglos, no sólo para construir peligros cada vez más considerables sino, en lo posible, para preverlos y corregirlos. La sentencia tiene un fundamento de resignación ante la calamidad que acongoja. Para absolver a los responsables, técnicos y políticos incompetentes en su soberbia, se condena a la ignominia a todos nosotros, se nos pone en verdadero peligro. Porque esa sentencia acaba de derogar, de hecho, toda la legislación medioambiental del Estado. En ese camino, no extrañan las pequeñas mezquindades, los ajustes de cuentas. Se injuria, se ridiculiza y se menosprecia a quienes allí protagonizaron también la mayor y más hermosa muestra de solidaridad e implicación en la defensa de la tierra, voluntarios y voluntarias que limpiaron de chapapote las playas de esa costa (hoy más que nunca de la Muerte). Según la portavoz popular de Medio Ambiente en el Congreso, “los voluntarios no limpiaron nada”. Asunto acabado.

martes, 25 de junio de 2013

De amicitia

Yo mismo cursé las necrológicas anunciando mi muerte. Yo elegí desconocidos cocineros en el mercado y les di instrucciones para la cena. Después desaparecí. Sólo mi fiel Cayo Canio supo de la farsa. El fue mis manos y mis ojos en la decoración de la casa; él tranquilizó la herencia a mis familiares, la estabilidad a mis esclavos. Permanecí escondido en las afueras. Una hacienda grande, desolada, convertida por Canio, mi socio, en  próspera funeraria de la provincia. La superstición la aleja de las rutas comerciales, de la curiosidad de los campesinos. Allí  se almacenan cargamentos de especias, telas, objetos valiosos  entrados por mar, burlando la vigilancia de los recaudadores.  Allí, alguna  vez compartimos el baño con actrices,  nadando en  la piscina donde se lavan los cadáveres. Allí planeé esta burla  para escarnio de Plauto, mi enemigo.                  


Porque era mi voluntad escrita, Canio ha recibido a  los invitados. Había mandado pintar de negro los suelos de la  casa, tapar las paredes con cortinas rasas ceñidas, tintadas de  betún para impedir que la luz los distraiga del luto. Los recién  llegados son abandonados en la oscuridad, una vez retiradas sus tarjetas. Como nadie se atreve a avanzar, cada vez hay más en la sala, tropezando y golpeándose con los muebles. Crecen también  las disputas. Desde otra sala se filtran letanías y sollozos.  Sólo cuando llegó el último de los rezagados, entraron dos escla­vos con candelabros. Todos les siguieron. Todavía la impaciencia se mezclaba con el compromiso o el afecto. En la otra estancia, iluminada con lámparas de aceite, reposa mi ataúd cerrado, el  mejor modelo disponible en el negocio. Alrededor, la familia y  los íntimos, ya con la desesperación vencida, más cansados que  tristes, más confusos que solos. Yo los observo con desprecio detrás de los cortinajes. Canio ha ordenado entrar a los muchachos, encender más cirios. Cada uno porta una bandeja y dice, en  voz alta, el nombre de uno de los invitados, depositando  en el  suelo lo que trae. Aquellos reconocen con emoción el regalo que  alguna vez me hicieron: una sortija, una túnica, una piedra común  cuyo significado nadie interroga. En la bandeja de Plauto, la última, han colocado laurel. Lo he visto desolarse.

El ruido de platos, en el primer piso, devolvió parte de realidad a la casa. No se abrieron las cortinas. A quien quiso se le cambió la toga por ropa más ligera. Se subió al cenaculum. Esclavos rapados presentaban jofainas y jarros para la limpieza de brazos y manos. En cada ángulo había un niño moviendo un  incensario. El ambiente tenía un olor extraño a ramas de cipreses. Un individuo pálido, cubierto con un simple sudario, se sentaba junto a una mesa repleta de velas. No contestó a quienes  se le acercaron y dudaría si acaso los vio o le importaba en algo que estuvieran vivos. Alguno declinó coronarse con crisantemos, criticó el humor de Canio por usar de felpa la cinta recordatoria de la familia. También hubo sorpresa al ver el triclinium cu­bierto de sedas negras, la formidable mesa de ébano y, delante de  cada asiento, el propio nombre tallado en pequeñas lápidas de  mármol de Almería. Distribuidos los puestos en función del rango de los invitados. Plauto, como primer comerciante, imus in medio, donde el mayor honor. Canio, como anfitrión testado, imus in imo, desde donde podía dar órdenes a los sirvientes y no descuidar la  conversación con los principales. Él les calmó la inquietud apelando a mi extravagancia; él salvó la fiesta apaciguando la  tentativa general de abandonar mi casa, cuando los nobles se vieron junto a algunos conocidos parásitos de la provincia,  tratados de igual en la asignación de asientos. Canio les recordó el mal augurio de disgustar a un difunto. Fuera por temor o acaso por el repentino aprecio que disfrutamos los muertos, todos se  dejaron descalzar las sandalias.               


Se mandó traer el vino. Los esclavos más apuestos de la casa se encargan de mezclar los brebajes, siempre con orden de trucar las proporciones y abusar de los vinos más fuertes. Van vestidos con antiguos trajes míos, de vivos colores, y llevan los cabellos largos, como yo mismo. Canio ha dado orden de traer los huevos. Revueltos de apios, bulbos y caracoles hervidos con mollejas, alas de pollo, ciruelas y salchichas de Lucania. Entra­das de albaricoques con pimienta y menta seca, rociados con garum, miel, vino y vinagre. La vajilla es de plata y las copas  de cristal de murra, que dicen hace mágica la fragancia del vino. Aunque el incienso sigue pudriendo el aire, he oído las primeras bromas sobre tan confortable sepulcro.
    

Siguió la cena durante horas. Cambiando el servicio en cada plato. Si los criados enjoyaban a Canio con zafiros, la bandeja era azul; si lo adornaban con topacios, cambiaban los manteles sucios por amarillos, y hacían igual juego de colores con los alimentos que servían, para desconcierto de los comensales. Así, entre otros guiños, se reprodujo el viaje que trajo a muchos de nosotros desde Roma a Hispania, tomando la ruta de los vinos de Fornio, Marsella, Tarragona y la Bética. Así, se presentaban humildes sopas de harina, como las que compartí con Plauto,  cuando la juventud nos urgía más que el dinero. Cada plato pare­cía tener su veneno. Cada sorbo los envejecía un poco, aproximán­dolos a mí, el difunto. Nada tan detestable como la melancolía ajena. Los parásitos buscaban con avaricia los granos de oro ocultos entre los guisantes, las piedras preciosas escondidas en  guisos de lentejas. Se comía con desconfianza, arriesgando los  dientes: el pescado brillaba como vidrio desmenuzado, esculturas  de astillas pintadas remedaban pasteles de carne. Canio hacía  alarde de recetas inéditas: tajadas de joroba de camello, sesos de avestruz, lenguas de flamenco. Algunas perdices ocultaban bajo su plumaje un murciélago que, al trincharlas, levantaba el vuelo. Quien alguna vez  compartió la corte de Domiciano  reconoció el esplendor del banquete. Eso halagó a los provincianos. Nunca como hasta hoy tan comprensivos con el emperador. Nunca tan iguales a él. Yo los observo, reconfortado, achicarse en los asientos,  reclinados entre la nausea y el prestigio.


Antes de los postres, como es costumbre antigua, se han  presentado estatuillas de los dioses lares. Canio brinda con mi nombre. Presenta como sacerdote al individuo pálido, todavía silencioso, inmóvil en su mesa toda la cena. Éste empieza a  discursar en lenguaje solemne, altisonante. Ensalza a la muerte.  Se rinde ante quienes ayudan a prodigarla: las enfermedades, los  médicos y los asesinos. Se ha quitado las manos artificiales y los invitados ven, con repugnancia, aquellos muñones parecidos a las membranas con que nadan los patos. Ha vuelto a sentarse, dejando un silencio propicio para que lo rompan los bailarines que portan los dulces. Dátiles rellenos de tuétano, panecillos africanos con la forma de monos, gelatinosos flanes. Esclavos scoparii recogen los desperdicios que los comensales arrojan al  suelo. Cuando Canio anuncia la verdadera fiesta, la comissatio,  sólo él y yo, escondido, estamos sobrios en la sala. Hay invita­dos acostados sobre la espalda y con la boca abierta. Sus siervos les introducen plumas para provocarles el vómito y aliviarles el estómago. En otro lugar, un muchacho imita al hijo de Cicerón, de  quien dicen capaz de beber de un solo trago dos congios de vino.  Un grupo elige, a los dados, un presidente de mesa que determine el ritmo de las bebidas; otro parodia a las vírgenes. Esbeltas gaditanaes escenifican eróticas canciones que mezclan con poemas  de Canio al difunto, con letrillas mías sobre las hijas y esposas de algunos presentes. En los sorteos, trucados con habilidad por mi socio, se reparten los premios: un cofre de malaquita será para el enemigo de quien tan alto pujó contra mi, en las subas­tas; la copa que Plauto siempre me envidió, donde bebíamos juntos, será caída y rota por un esclavo de manos torpes. Un  comerciante de telas ganará a mi esposa; a otro, le será devuelta la suya. Cada regalo afilado con un epigrama. Alguno protesta a gritos. Alguno arriesga su buen augurio maldiciendo a un muerto. Satisfecho bajo al primer piso. Entro en el ataúd y espero a que vengan por mí los cargadores de la funeraria. Como era conveni­do, Canio ha mandado subirme. Me han colocado en un catafalco en  el centro de la estancia. Ha expulsado a siervos y esclavos. Ha pedido acercarse a los que aún se mantienen en pie para iniciar una larga biografía laudatoria. Entonces, como era convenido, me he levantado y he gritado los nombres, uno a uno, de todos los invitados. No obtuve aullidos de terror. Nadie se lanzó escaleras  abajo. Estaban tan borrachos que no repararon en mí o me creyeron parte de la farsa. Canio les convenció que seguía igual de muer­to, que la alucinación en pie que los nombraba se esfumaría  cuando sellasen la caja. Supe que me van a enterrar. Canio me ha  mirado con los ojos de un hombre celoso.


Manuel J. Ruiz Torres

sábado, 22 de junio de 2013

Marat/Sade y LCG en el Día de la Música 2013

Concierto en el Rebel Bar (Paseo Marítimo, 26, Cádiz) para celebrar el Día de la Música. Con actuaciones de Marat/Sade, Southmakres, LCG y The Mond Shakers.

Aquí la actuación de dos de esos grupos, con amigos cantando en ellos.

Marat/Sade, con el poeta David Franco Monthiel como letrista, gritos y rítmica; Daniel Hernández, bajos y guturales; Jesús Torres, guitarra y greenwoods; y Blas Sánchez, batería y golpes. Aquí algo de la música que hacen: Canciones.

Marat/Sade

LCG (como el aeropuerto de La Coruña, por ejemplo, aunque juegan a que se hagan distintas interpretaciones del significado del grupo), hacen música con referencias al blues y al rock americano. Suenan a inmemorial, a pesar de que confiesan que su sonido está en fase iniciática. Tienen un EP propio editado, Everything can change. El grupo lo forman Isaac Medina, voz, guitarra y teclados; Javier Mejías, guitarra;  Javier López, percusión; y Alejandro Fernández "Cuco", bajo. Aquí, un par de sus canciones: Day to day y Silent shout.

LCG

jueves, 9 de mayo de 2013

SENTENCIA CONTRA LA LIBERTAD DE QUEJARSE



Hace sólo dos días se publicaba un informe policial que relaciona las aportaciones de una decena de empresas al Partido Popular con el posterior triunfo de las mismas en concursos públicos convocados por Administraciones gobernadas por el mismo Partido Popular. El balance de este flujo es que, en la última década, unos dan casi 4 millones de euros de dinero de sus empresas y, en “correspondencia”, otros les dan 12.330 millones de dinero público. Les ahorraré lo que estaríamos escuchando si eso lo hace cualquier otro partido que, salvo alguna televisión y algún medio muy concreto, no tuviera extensamente comprada la libertad de información, con cargo también a los dineros públicos de las subvenciones y la publicidad institucional. Esa importantísima noticia apenas ha existido.

Es un dato relevante porque explica el estado de cabreo (hace tiempo que la indignación tomó ese nombre) generalizado. También que la falta de verdaderos medios de comunicación obligue a buscar otros cauces de expresión. E, incluso, nos lleva hasta una tercera conclusión, la interesada utilización del principio legal de presunción de veracidad de las declaraciones policiales con las que la derecha celebra las que creen que le benefician y difama las que lo acusan. En este contexto, de cabreo y de falta de libertad de expresión, se han producido las condenas penales de un ciudadano por defender su derecho a pegar carteles en el Palillero y de dos más por defender su derecho a estar en la calle oyendo coplas de Carnaval. En ambos casos, la acusación ha consistido en desacatos o atentados a la autoridad de la Policía Local. Si ambas situaciones (pegar carteles y oír canciones en la calle) suponían una muy dudosa infracción administrativa, la policía debió tener la templanza de identificar sin que al asunto pasara a delito. Eso nos lleva a si, a partir de ahora, decirle a la policía que no le parece justo lo que está haciendo, es ya un delito. Aunque haya una Constitución de boca llena que nos otorgue esos derechos de expresión y de reunión. Condicionados, por lo que se ve, a una interpretación policial de su oportunidad. Porque la frontera del desacato puede ser muy subjetiva, y alguien podría situarla en un tono de voz más alto que el susurro, en decírselo mirándolo a los ojos o en una inconveniente gesticulación excesiva de esa queja. Podría ser que lo que se quiera es no poder siquiera hablarle educadamente a quien nos pide que nos identifiquemos, siguiendo esos consejos que, en el más profundo franquismo, se nos daba para salir de noche: si te paran, diles que sí a todo, que algo malo habrás hecho.

Lo que parece deducirse de ambas sentencias es que, en esas situaciones, seguramente tensas, sólo se le exige calma a la ciudadanía. La exquisita educación y cortesía en las posibles discusiones que se produzcan sólo son obligadas para la parte ciudadana. También parece que el valor probatorio que otorga la presunción de veracidad policial –siempre que no afecte a cargos populares- vale más que el testimonio de innumerables testigos. Y que ningún valor se le concede a la palabra de quienes han sido acusados. Leído el parte de la intervención policial en el Carnaval Chiquito, se nos describe una sucesión de agresiones seguidas de una misma persona que, poseída de su paroxismo, se lanza contra la policía y los persigue por calles y plazas mientras aquella soporta con estoicismo patadas y escupitajos, y trata de calmarla con buenos consejos antes de la inevitable y limpia detención. Con objetividad, no parece verosímil esa santa paciencia policial, que no interviene cuando se produce un supuesto delito sino cuando se reitera. De poco valen las contradicciones de esa misma policía en el juicio, cuando unos y otros no se ponían de acuerdo sobre si fueron hacia la multitud a apaciguarla, o si la multitud se fue hacia ellos. Pero la sentencia cree a la policía. Eso nos deja en una completa indefensión. Porque la expresión de cualquier queja nuestra pueden convertirla en delito. Que es lo que buscan. De hecho, para la derecha, quejarse ya es un desacato.

Manuel J. Ruiz Torres

jueves, 25 de abril de 2013

Presentación de “CAMPO DE FUERZA”, poemas de Carmen Camacho




Sólo daré dos apuntes biográficos de Carmen Camacho porque los considero relevantes: nació en la tierra más adentro de Andalucía, un pueblo de Jaén, y lo hizo el año en que este país perdió su oportunidad de romper consigo mismo porque le impusieron reformarse sin propósito de enmienda. De su lugar de origen, ha traído hasta aquí sus pies en la tierra, el no permitirse más expectativas que las que la realidad se gane; de su tiempo, ha traído hasta aquí un calado disgusto por lo que de ajeno a nosotros tiene esta misma realidad. De ambos, espacio y tiempo, una hermosa dureza que sirve lo mismo para ajustar cuentas que para perderlas, o siendo más exactos perderse rotundamente, desorientarse en la nada. De cómo se puede forjar un anillo, es decir un icono popular del compromiso y de lo mágico, no desde su consistencia compacta sino desde su centro vacío, desde su nada, trata este Campo de fuerza. Porque lo mágico, como fuera de lo ordinario, es lo que, al cabo, nos explica la realidad en sus limitaciones. No sé cuántas veces se habrá perdido Carmen en lo que le atraía de lo inexplicable, de lo sibilino, de lo incoherente, incluso de lo injusto, pero sospecho que, llegados al momento de escribir y sobre todo de ordenar estos poemas, debió pensar que tanto alejamiento y tanta atracción al mismo tiempo no podían ser casualidad, que debían seguir alguna ley que, en lo razonable, los explicara.

Cuando se habla de ley lo primero que se nos ocurre es todo ese cuerpo de normas que rigen el Derecho, pero Carmen es tan emocional que en seguida habría descartado una organización de sentimientos basada en prohibiciones y castigos. Tampoco le servía la hermenéutica por poco aireada, por lo que tiene de filosofía de casa cerrada que huele a humedad, ella que defiende aquí esa otra Casa que, al tocar la pared en el juego infantil, se convertía en el refugio donde quedabas a salvo. Algunos preceptos religiosos, la ley de los dioses, sí que los ha tomado para este poemario, siquiera para defender su desobediencia. Y así debió llegar a las leyes de las Ciencias, que tan exactas se quieren presentar para sosiego nuestro.

Sea por el poco espacio que ocupan los objetos y los cuerpos, la Física se encarga de explicarnos el vacío, lo verdaderamente inmenso. Estamos huecos por dentro y nada hay entre nosotros y quienes ocupan un momento nuestra cercanía. Y, sin embargo, no flotamos, ni nos deshacemos en átomos, ni dejamos nunca de querer abrazarnos con alguien. Hay fuerzas que unen todos los pedazos de ese agujero enorme que somos para que no nos rompa la soledad, el hastío, el pavor al amo, la falta de compasión con nosotros mismos. Existe la gravedad que nos fija a la tierra, el peso de los objetos que sobreviven a las mudanzas. Ocurre el magnetismo que une o repele a quienes no se tocan. Y el espacio donde actúan todas esas fuerzas son campos, capaces también de regarse y de crecer, o de ajarse si el tiempo de secano se prolonga.

Campo de fuerzas comienza mostrando el terreno donde esas corrientes actúan. En portada, el cuerpo de ese anillo que vamos a concebir desde dentro, expuesto en su porosidad, embellecida la mano que serviría para acercarlo a los demás con la henna de un tatuaje de flores, que se quiere temporal, fugaz, en permanente reconstrucción, porque lo contrario es el plástico en los jarrones. Ese cuerpo se ilustra, en una broma que es también simbólica, con un electrocardiograma que es el logro más cercano a una imagen de las emociones. Ya se anuncian ahí las intenciones del libro y también la ironía de que no deberíamos creernos todo lo que veamos, en una idea de esas ilusiones ópticas que juegan con nosotros, que repetirá de forma expresa en La Copa de Rubín y, de manera más subterránea en muchos otros. Cuando te haces un electro el mismo nerviosismo de la prueba lo enmascara. Es ese principio físico de la incertidumbre, tan poético, de que cualquier observador externo, cualquier método de medida acaba siempre perturbando lo que estamos midiendo. De modo que de los tres desnudos con los que empieza este Campo de fuerzas el más revelador es el último, cuando se muestra rugosa, porosa, quebradiza. Todo lo que sigue son las cuatro partes de ese ya citado trabajo de alquimista que busca el anillo capaz de contener esa energía que compacta y que, a la vez, nos abre a los demás. Por ese anillo, en distintos momentos del libro, se cuela un mirlo. En una entrevista, Carmen dijo que este libro es una implosión, la onda expansiva se mueve hacia dentro, comprime, acerca los átomos, nos junta.

Por partes, en Toma de Tierra nos ponemos en situación pero también nos protegemos de las descargas. Si en anteriores libros, el decorado externo donde ocurren las cosas y el escenario íntimo donde se padecen podía llegar a confundirse, aquí Carmen va un paso más allá y muestra cómo, a veces, ambos llegan a estropearse el momento. O, como en esas sentencias populares que tanto le gustan, desentonan tanto que hacen que la procesión vaya por dentro. Como dice su cita del Segundo Principio de la Termodinámica, en un proceso cíclico nada vuelve a ser lo que era antes. La toma de tierra, que en las instalaciones eléctricas evita el paso de la corriente al usuario por un fallo del aislamiento, es la ironía con la que presenta la excesiva entereza que se exige a sí misma, las pesadas armaduras, la exigencia de seguir siempre de pie aunque todos nos merezcamos un poco de flaqueza. Cuando uno se ríe de uno mismo lo hace de lo que no le gusta pero sabe que le costaría cambiarlo. Esa parte termina con un pájaro que anuncia un presagio.

El Polo opuesto describe formas de depredación mutua, como se atraen las partes con cargas distintas de un imán. Esa atracción o ese rechazo dependen, otra vez, de la disposición de los átomos, de la colocación de esa parte ínfima de nosotros que no es el vacío. Son poemas ásperos, agrestes, desatentos, tan de verdad que se atragantan. Se puede devorar a un amante o a un enemigo con la misma inclemencia. Se le puede torturar con la más sedosa brutalidad. Sólo vista la escena desde muy cerca adquiere un sentido la dirección de esas fuerzas. No siempre la fecha dentro del anillo significa felicidad.

Zona de sombra es, en óptica, la región de oscuridad donde la luz es obstaculizada. Una sombra ocupa todo el espacio de detrás de un objeto opaco. Puedes esconderte de la luz detrás de ese objeto que, en este Campo de fuerza tiene la forma de la casa, a la que también llama jaula pero no hogar, a la que llama espejo. Como quedarse, a ratos o por tiempos más largos, más necesitados, dentro de una jaula de Faraday por la que resbalan los rayos sin herir a quien allí se cobija. Y de vez en cuando salir, succionar el veneno y regresar al manzano. Hacer limpieza, desechar momentos. Cuanto mayor sea el ángulo entre la luz y el objeto más corta será su sombra, menor el amparo que produce.

Y, finalmente, esa Armónica entropía que plantea el desorden como un arranque, como un estreno. Dirá: “Que no tenga que ver con el pasado mi regreso”. En su sentido más elemental la entropía anuncia que el caos siempre aumenta. Pero ese desorden rompe los equilibrios, hace que las reacciones se produzcan en una dirección y salgan al fin de sus atascos. La entropía ya era el nombre griego de la transformación. Pero en física tiene un significado aún más hermoso: es la energía que no puede utilizarse para producir trabajo alguno. Es la que empleamos para evolucionar. Quizás sea esa la fuerza que más nos une.

Manuel J. Ruiz Torres

lunes, 22 de abril de 2013

EFECTOS RETARDADOS DE LA HIPNÓSIS



Para reinterpretar en concierto Hipnosis, su primer disco como Lagartija Nick, rescatado el pasado año, el grupo granadino estuvo en la Universidad de Cádiz el pasado jueves, 18 de abril. Un día antes, para explicar –en lo posible- ese viaje retrospectivo, dos de sus más destacados componentes mantuvieron un encuentro, tan relajado como estimulante, con quienes se habían inscrito en esta segunda sesión del nuevo ciclo, Tutores del Rock. Ambos, Antonio Arias y Eric Jiménez formaban parte de la banda original que se estrenó, en 1991, con este disco que, según algunos críticos, bebía de las fuentes del rock sucio, directo y enérgico de los ochenta que, en la siguiente década, daría vida a toda esa amalgama de opciones del rock alternativo, ya fuera de los gustos prefabricados de lo comercial y declarados herederos del amplio espíritu ideológico del punk. Lo que entonces supuso la novedosa irrupción de las discográficas independientes como opción distinta a la de las grandes compañías terminaría, con el éxito, formando parte de un mismo engranaje. Cierta decepción por esta nueva homogeinización del actual panorama musical apareció en distintos momentos del encuentro. “Cuando las compañías indies se quieren convertir en multinacionales, poca novedad aportan”. O el más rotundo: “Las indies graban mucha mierda”, ejemplificado en algún caso en la gran pantalla de la sala que, a modo de ilustración, acompañó algunas de estas rotundas afirmaciones con la proyección de videos musicales.


Que ahora, veintidós años más tarde, retomen Hipnósis quizás se deba a querer darse esa necesaria distancia de intenciones con lo que ahora se cuece, aún estando ambos inmersos en grupos importantes de esta actualidad; quizás por lo que de cierto tiene la ingeniosa ocurrencia lanzada por Eric de que preparaba canciones para ser oídas treinta años más tarde. Con esa cadencia, dijo, el reconocimiento de las de ahora le llegará en el geriátrico. Es lo que llamó efectos retardados de su música. Cuando ahora Omega es un disco de culto, tan despreciado en su momento, parece motivada esta revisión de ese primer disco, ignorado también en su aparición. Entonces, Eric dejó la batería de KGB y Antonio el bajo de su enorme grupo maldito de los ochenta, 091, para hacer algo más duro. Lo contaba en Ruta 66, el mismo año de lanzamiento de Hipnósis: “Era una estupidez que Lagartija Nick sonara más blando y decidimos endurecerlo no por una postura de pose, sino porque era lo que más nos estimulaba”. El disco, en vinilo, mal producido, sonaba muy potente. En sus letras hay más cabreo que escepticismo, más confrontación que evasión y escape. La música no es menos dura que sus letras de masas hipnotizadas por la televisión, por los incipientes paraísos artificiales de los videojuegos, por la resignación. Como diría también Eric, que en diversos momentos del encuentro mostró su contrariedad por toda la corrección política que está desactivando el rock actual: “El rock es violencia”. No es una nana para dormir a nadie.

Eric Jiménez

Antonio Arias quiso empezar por situar su disco en el contexto de lo que entonces se editaba. Lo ilustró en pantalla con el “Efervescente”, canción de 1992 de Los Bichos, el mítico grupo navarro de Josetxo Ezponda, fallecido sólo un día antes. En otro momento, rescató otra canción “Voces en la jungla”, de 1983, del grupo Los Monaguillosh, un pop oscuro con toques sicodélicos, como los que también aparecen en el propio Hipnósis: “voces en la jungla, con ecos que no acaban / voces sin garganta, siniestramente aisladas”.

Cuando tocó hablar de “Omega”, el impresionante trabajo de Enrique Morente y los Lagartija, se describió lo que aquella experiencia –y luego el disco, y todo lo que aún sigue produciendo-, supuso de choque entre dos mundos que se desconocían mutuamente: el flamenco puro de Morente y el rock que entonces hacían. Nunca fue un proyecto de fusión sino de infusión, utilizando una inteligente metáfora. Música de fusión del flamenco con el rock ya la hacían estupendamente, dirían ambos, grupos como Ketama o Pata Negra. Se trataba de pararse a escuchar lo que el otro hacía, poner una cosa al lado de la otra. Como las infusiones, ese contacto necesitó tiempo para ir convirtiéndose en algo tan relevante. Antonio contó que existe mucho material aún inédito de ese “Omega”, que saldrá, o no saldrá, cuando lo decida la familia. Y contó su propia sensación: “cuando murió Morente estalló un planeta. Era el final de un sueño”.

Antonio Arias

Lo importante, diría Antonio Arias en otro momento, es la trascendencia. Lo que permanece en el pasado, el presente y el futuro. Y citó la importante presencia en Granada, en los ochenta, de Joe Strummers, líder de los mismísimos The Clash, o los antecedentes de grandes músicos de la ciudad, como Los Ángeles, ese cuarteto guitarrero polivalente que arrasó en los sesenta y primera mitad de los setenta, o el del propio Miguel Ríos. No se mostró tan conciliador Eric en estos reconocimientos. Ahora el panorama de la música granadina es muy brillante. Con mucha militancia compartida en distintos grupos que funcionan como promiscuos vasos comunicantes: Los Planetas, Evangelistas,  Eskorzo, Niños Mutantes, Grupo de Expertos Solynieve, o los más jóvenes Lory Meyers o Napoleón Solo. Sobre esta intercomunicación ambos músicos presentaron dos posturas encontradas. Mientras Antonio defendió ese espacio común basado en un mismo compromiso por la música, Eric se quejó de la hipocresía de “buen rollito” entre bandas, defendiendo la competitividad, la pelea dura por espacios propios.

Han cambiado mucho las cosas desde aquellos primeros noventa. Ahora los grupos, diría Antonio, vienen mejor preparados pero, como está ocurriendo en toda la sociedad, está desapareciendo la clase media. Hay una enorme diferencia de medios entre unos grupos y otros: los hay muy grandes, que se llevan con muchísima promoción, mientras todos los demás se mueven en la pura autogestión. Las compañías no arriesgan en nuevos temas de grupos históricos, prefieren las reediciones, tirar del fondo de catálogo. También Internet ha atomizado los públicos, al acotar y personalizar tanto las preferencias. Las enormes posibilidades de difusión han acortado la vida de las canciones. “Ahora se queman en tres meses, cuando antes podían durar dos años”, contó Antonio.  Quizás por esa misma voluntad de trascendencia temporal ahora los efectos de su Hipnósis llegan a su mejor momento.

Manuel J. Ruiz Torres 

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA ALCALDESA SÓLO SE REUNIRÁ CON LAS CHIRIGOTAS ILEGALES SI ANTES LE DAN LA RAZÓN



Como para la alcaldesa de Cádiz no es cierto que se haya atacado la libertad de expresión ni los derechos cívicos en la represión del Carnaval Chiquito, sólo se reunirá con las agrupaciones que de eso la acusan si, previamente, se retractan. Es decir, le dan la razón. Eso nos lleva al absurdo de que sólo está dispuesta a debatir sobre su propio sentido de la verdad con quienes lo compartan. Quítenles a deliberar todos sus significados (meditar, pensar, analizar, reflexionar) y sólo queda espacio para los juegos florales de la adulación. Única actitud que, con este planteamiento, parece admitir la alcaldesa. Libertad de expresión pero sin libertad de opinión. Leído el comunicado de capitulaciones que Teófila ofrece a las chirigotas para que se rindan, parece claro que la alcaldesa tiene un sentido, digamos que muy podado de lo que es la libertad de expresión. Según documento tan poco sospechoso como la Declaración Universal de Derechos Humanos, ese derecho incluye no sólo el poder revelar lo que se piensa sino el de “no ser molestado a causa de sus opiniones”. En los “incidentes”, que es como la versión policial y municipal llama a la carga contra las últimas agrupaciones que cantaban ese Carnaval Chiquito, se procedió a hacer dos detenciones, y a identificar y multar a quienes se atrevieron a opinar que tenían derecho a estar a esa hora en la calle. También a quienes, cantando, opinaban que el Carnaval siempre ha consumado su ciclo de forma natural, pacífica.

En el mismo comunicado de la alcaldesa se acusa a una gaditana presentadora de televisión muy popular de dañar “la imagen de la ciudad”, sólo por tener una opinión muy distinta de cómo ocurrieron los hechos. Hay libertad para expresarse pero apechuga con que te injurie por tus opiniones. O tanto como entender que, cuando nuestra actual Constitución limita esa libertad de expresión por, entre otros, el derecho a la propia imagen, la de todo Cádiz tiene el mismísimo tamaño que la de su alcaldesa, a quien no se nos permite reprochar su evidente torpeza en manejar todo este asunto. Se alude a la profesionalidad de la policía local. Pero lo cierto es que poco proporcionado parece que –siguiendo el lenguaje oficial- un simple “incidente” por ruidos acabara en una carga policial, dos detenidos -creo que injustamente- pendientes de juicio y la extendida convicción en la ciudad de que este Ayuntamiento quiere domesticar el Carnaval. Más no han podido equivocarse.

La libertad de expresión no es sólo que se deje cantar lo que se quiera sino que se haga con la tranquilidad de no recibir represalias. Cuando se montó un dispositivo de la policía local para “revisar” el contenido de las pancartas introducidas por un grupo que concursaba en el Falla, era un acto de coacción a esa libertad de expresión. Cuando el Ayuntamiento montó un dispositivo policial preparado para clausurar el Carnaval Chiquito a una hora determinada, estaba fijando un límite temporal a esa libertad de expresión, rebajada así a libertad condicional. Lo excepcional del Carnaval es su carácter libérrimo, popular, espontáneo. Todo lo que haga el Ayuntamiento para acotarlo y querer someterlo a reglamento, como si de una actividad molesta se tratara y no de parte fundamental de nuestra identidad, es una pérdida terrible de libertades. Un retroceso a cuando aún se discutía qué era eso de la libertad. Creíamos que no íbamos a repetirlo.

Manuel J. Ruiz Torres