viernes, 8 de marzo de 2013

VALORES FEMINISTAS TAMBIÉN PARA LOS HOMBRES



Desde hace muchos años conmemoro el 8 de marzo por lo que el feminismo me ha mejorado como persona, pero también como hombre. Naturalmente, el resto del año me guío por lo que este día conmemora. Sé que una parte de esa conmemoración es poder explicarlo, a pesar de que la cultura patriarcal (ejercida por hombres pero también, por desgracia, mantenida por demasiadas mujeres) maneja poderosos instrumentos para falsear cualquier razonamiento que la cuestione. De hecho, como no resistiría un debate con argumentos para justificar su defensa de la desigualdad entre mujeres y hombres, recurre al viejo monopolio de lo emocional, puesto a su servicio desde siempre por las religiones patriarcales, que acuñaron el sentimiento de culpa, para lo que necesitaron inventarse antes el interesado concepto de pecado. Una actualización de ese sentimiento está consiguiendo que numerosas mujeres, independientes y brillantes en sus trabajos, consideren necesario presentarse como “no feministas”, siguiendo la falacia manipuladora de que ser feminista es estar “contra” los hombres, que en su expresión más analfabeta equipara feminismo con machismo. Que es tanto como poner en la misma dignidad moral al verdugo que corta una cabeza con quien no quiere que se la corten.

Quienes se dejan calar por ese mensaje manipulador que contrapone feminismo con igualdad, como si de dos actitudes contrarias se tratasen, por supuesto están de acuerdo con que las mujeres voten, puedan abrirse una cuenta corriente, viajen al extranjero con un pasaporte propio y sin necesitar permiso del marido, o que éste vaya a la cárcel si la mata y no al exilio a otro pueblo, situaciones que por aberrantes que ahora nos parezcan eran la Ley en España hace menos de cincuenta años. Eso que hoy todo el país comparte como incuestionable lo consiguió el feminismo. Siempre con la oposición del poder patriarcal establecido. Siempre. Las ahora consideradas simpáticas sufragistas, las ahora asumidas como razonables pioneras diputadas de la República fueron, en su momento, insultadas como ahora, señaladas como enemigas de los hombres, como si oponerse a los abusos y a la prepotencia institucionalizada por el poder patriarcal fuera un asunto de simple rencor personal o de negación de la naturaleza. Y como si, para quienes aún defienden el mantenimiento maquillado de la desigualdad real, macho y masculino fuera lo mismo. Comparación que, como hombre, me asquea.

Sé que lo conseguido está muy lejos de ser lo justo, porque hablar de suficiente en cualquier objetivo de igualdad me parece mezquino. Entre lo no conseguido está que los hombres asumamos mayoritariamente el feminismo como una ideología que también nos mejora a nosotros. Porque si algo ha conseguido la propaganda patriarcal es sumar a su defensa a muchos hombres que terminan padeciendo los efectos de relaciones basadas en la imposición.

Crecemos en modelos familiares donde al hombre se le ahorra cualquier trabajo doméstico. Esa desigualdad, que ya presupone que ese niño se dedicará en el futuro a otras actividades más públicas, también lo convierte en un perfecto inútil para funciones tan básicas como ser capaz de alimentarse, de vestirse o de vivir en un entorno limpio, sin ayuda de otra persona. Bajo la excusa de la protección, se crían absolutos dependientes que, además, creerán que ese servicio es algo que se merecen por cuna. Una educación feminista de igualdad, también en el mantenimiento personal, crearía hombres más independientes, con más autonomía vital, con más posibilidades de elegir cómo quieren vivir, incluyendo la de hacerlo solos.

FOTO: Adrián Fatou. Premio II Cert. Fotográfico “Hombres en proceso de cambio”. Programa Hombres por la Igualdad. Aymto. de Jerez.

Otro aspecto fundamental que termina sometiendo, a hombres y mujeres, a la esclavitud emocional es la construcción de un arquetipo único de familia, basada en un amor exclusivo, complementario, inmutable, imperecedero. La cultura patriarcal creó este traje que la biología ha demostrado siempre estrecho. Supone negar que, a lo largo de la vida -cada vez más larga además-, amamos a distintas personas. Negar que no somos personas enteras por nosotros mismos sino partes de un mecano de piezas que solo funciona cuando encajan, aún a riesgo de que este símil mecánico nos lleve directamente a la predicción de numerosas averías en nuestras vidas. Negar que incluso a esa persona que queremos que nos acompañe siempre (dure ese siempre lo que dure), la vamos a querer en todos los momentos igual, y tasando en valores de cantidad ese amor que se muta de forma natural, como criando en esas cotizaciones de bolsa emocional el germen de la frustración que habremos de tener cuando, lo que nos venden como inacabable, ya no nos acompañe. La educación en ese modelo crea también muchos hombres afectivodependientes, inútiles para adaptarse a nuevas relaciones, profundamente desgraciados. Incapaces también de culpar al machismo que les vendieron como ventaja como el origen de su infelicidad.  Una educación sentimental igualitaria, realista y no sometida a la dictadura de la culpa, enseñaría a afrontar la dureza de esos tránsitos para aprovecharlos, en lo posible, para nuestra felicidad.

También crecer en relaciones entre iguales aumentaría la calidad de las mismas, ya no necesariamente mantenidas por rutina o por miedo, sino elegidas y mantenidas por amor. Un sentimiento que es más real que su reinterpretación machista. Porque estar con alguien no es tenerlo sólo al lado, como un trofeo o el diploma de algo que ya olvidaste, sino contar con su complicidad. Ganarse su lealtad, que es un valor más enriquecedor que la fidelidad que contrapone la cultura patriarcal, tan insegura siempre. Nadie puede sentirse acompañado con alguien que lo odia o le teme. En ese frontón donde sólo él juega, nada recibe, nada lo renueva desde la otra persona.

El patriarcado en suma sólo crea hombres inútiles que, al final, dependen de las habilidades prácticas o emocionales de las mujeres. Ellos conocen su vulnerabilidad, y por eso unos reaccionan con violencia y otros se adaptan al mercado de los tiempos, desde les regalos de rosas de hoy mismo a la condena de las agresiones más brutales, pero sin reconocer que son la fatal conclusión de lo que empieza en la falta de respeto, en la desigualdad misma. También, cada vez más, hay hombres que queremos desmontarles este crimen.

Manuel J. Ruiz Torres

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